Opus Meum

Autor: Kiumars Briz

ACTO 1

De cómo morí

INICIO DE ESCENA

K.- [DE] Empezaría contándolo cuando vi la guillotina. Piensa por un segundo. Sí. Fue en aquel momento cuando empecé a sentir una mezcla de cosas.

H.1– [DE] ¿Qué era lo que sentías?

A Klara se le pierde la mirada.

K.- Sentía ante todo tristeza, porque sabía que no volvería a ver a mi familia, ni a mis amigos, ni a ningún otro ser querido. Sentía rabia por no haber podido hacer más, por saber que ese vil sistema2 seguiría asesinando a millones de personas impunemente. E incluso, tenía algo de miedo porque, a pesar de mis convicciones religiosas, –gesticulando ligera y brevemente con sus manos- no sabía si iba a encontrarme con algo más allá. Lo cuenta pausadamente. Alza la mirada hacia ellos. Pero también sentía alivio. Y sobre esto último me llegué a sentir mal conmigo misma, porque pensaba que era egoísta. Porque sabía que, para mí, era el final de aquello, de años de inseguridad, de amenazas, de persecución, de huida. De falta de libertad. Pero para los demás, eso aún seguiría. Vuelve a mirar a la nada. No recuerdo las caras de las personas que estaban allí. Las tengo borrosas. Y sus voces las oía como ecos en la lejanía. Mientras me tumbaban boca abajo me empezaron a pitar los oídos. Sentí que el corazón se me iba a salir por la boca. Sin embargo, no tenía ganas de llorar ni de gritar. Tampoco se me olvidará el cesto. El cesto en el que caen las cabezas. Y aun así estaba tan limpio… Recuerdo oír entonces, por una fracción de segundo, el silbido de la hoja. Y una sensación rara en la nuca, como un toque. No sabría cómo definirlo. Pensé que me iba a doler, pero no fue así. Mi cabeza acabó mirando hacia el techo. Pero parte de mis cabellos me taparon la vista. Y luego la sangre… Para por un segundo. Cuánta sangre. Tanta que se me metía en la boca, en la nariz y en los ojos. Pero no podía parpadear, ni cerrar la boca, ni moverme. Vuelve la mirada hacia ellos ¿Alguna vez habéis soñado que os ahogabais, os caíais al vacío o sentíais dolor pero no podíais moveros ni hacer nada?

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Orgullo de España

Autor: Pablo Gascón

El pueblo canario salió a las calles,

recorrió las avenidas soleadas

de su ardiente villa. Tomó del valle

consignas libres, remotas, calladas.

Después, el valle recordó estallidos

de violencia, y sondeó solventado

ante sus dioses prudentes. Anclado

sobre la orilla, escucha los alaridos.

Consignas del pueblo que a libertad

adoran: pueblo enorme cuya historia

admiran. (Mas creen en su presente).

¡España os necesita, la verdad

sea dicha! ¡Tanto como a su gloria!

¡Por qué sois de España orgullosa frente!

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Autora: Ani Laura Ruiz

7:54 am ; 11 de noviembre de 2018”

El corazón me empieza a latir deprisa.

Es como si la luz verde del reloj electrónico, súbitamente, me tirara un balde de agua fría mezclada con realidad.

¡Jolines, que tarde voy!

Salto de mi cama con la disposición de entrar al baño, pero algo me detiene. Nervios. Tengo nervios otra vez. No, no, no, no.

Dentro de mí comienza una lucha entre mi ser racional y las emociones que me azotan.

Tengo que darme prisa si quiero llegar —pensó mi parte racional. Pero por otro lado, mi ser emocional, nada cooperativo, saca a flote mis miedos e inseguridades. Detesto cuando pasa esto, ¡mis decisiones van mucho más lento!

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Formas geométricas y soledad

Autor: Pedro Sobrevilla

Había unas formas que eran vectoriales y geométricas, que ellas mismas antes de llegar al punto de fuga más alejado de la perspectiva, jugaban entre ellas a las tres en raya, luchando por ser tres formas iguales y desaparecer del juego y del cuadro.

Las figuras miraban su vacío y su soledad, eran duras como el acero, se fundían con fuego y endurecían con agua.

Las figuras hablaban a un árbol solitario, que crecía estando triste; tenía una luz tenue, que iluminaba sus días grises de lluvia, pero cuando saliese el sol se acabaría la tristeza.

¿Qué haces ahí?

Autora: Mari Paredes

¿Qué haces ahí sentada a mi lado?

A veces, no me doy cuenta que estás ahí, me pierdo en mis pensamientos.

¿Tú piensas?

Hoy estás muy callada.

Ven, acércate un poco a mí.

Cuántos años llevamos juntas, ¿verdad?

Y siempre estás ahí, a veces, no sé si alegrarme o todo lo contrario.

Eres tan sigilosa, estás escondida y de pronto apareces.

¿Tienes más amigos o solo a mí?

No me mires así, no es la primera vez que me ves, ni será la última.

¿Tú te quieres ir, o soy yo quien no te deja?

No recuerdo la primera vez que nos vimos, solo sé que hace mucho, y que con el paso de los años cada día te vas quedando más.

Y yo te pregunto:

¿Qué haces soledad sentada siempre a mi lado?

Denunciando

Autora: Beatriz Guillén

Hola, hace tanto que no nos vemos que, ciertamente, se me han olvidado tus apellidos, te busco en Facebook y no te encuentro. Daniel… ¿qué más? Sé que vives casado, que tienes hijos, eres padre de familia; yo bien en el pueblo, sin hacer nada y haciéndolo todo, tengo una discapacidad y no trabajo.

Eres desconocido, sé de tu madre y tengo sueños fríos, sé que te apareces copiando los deberes. Incluso adulto y sin hijos, te apareces, sin nadie. Únicamente que ya tengo una edad, envidio tu felicidad, porque es la rueda que mueve el mundo. Yo soy una llorona empedernida: lloro cuando hay felicidad, cuando hay bodas o cuando muere alguien; y en la tele lo dramatizan aún más, que quieres que te diga. Pero voy rondándole a la cabeza tu imagen, cómo saliste de este lugar pequeño e insignificante barrio de Getafe, tu pueblo, nuestro pueblo; me acuerdo de tu corte de pelo, eso sí de corte cazuela, que tanto se llevaba en los ochenta. Daniel, hermoso nombre, de verdad no sé si estoy medio menopáusica o mi mente desarrolla imágenes aceleradas y no te pude conocer mucho, nos separa la Universidad y lo que hicísteis formando una familia.

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Mejores amigos

Autora: Montserrat Yusta Pascual

Elena contaba con doce años, su larga melena rubia natural y fina le daba un toque especial.

Dada su enorme profundidad, casi siempre se dejaba llevar por sus emociones, hasta el punto de afectar a su salud, a su estado anímico.

Su hermano, Juan, le aconsejaba lo mejor posible, y le protegía.

A pesar de acudir a diferentes escuelas, Juan acostumbraba a buscar a su hermana en la salida, de su colegio; un edificio de dos plantas, con cuatro clases por curso, Secretaría de Alumnos y, en la puerta principal, un conserje, como en casi todos.

Debido a la gran timidez de Elena, sus compañeros abusaban de esta limitación, y se reían, o por lo menos, eso era lo que pretendían en el día a día.

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