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Autora: Ani Laura Ruiz

7:54 am ; 11 de noviembre de 2018”

El corazón me empieza a latir deprisa.

Es como si la luz verde del reloj electrónico, súbitamente, me tirara un balde de agua fría mezclada con realidad.

¡Jolines, que tarde voy!

Salto de mi cama con la disposición de entrar al baño, pero algo me detiene. Nervios. Tengo nervios otra vez. No, no, no, no.

Dentro de mí comienza una lucha entre mi ser racional y las emociones que me azotan.

Tengo que darme prisa si quiero llegar —pensó mi parte racional. Pero por otro lado, mi ser emocional, nada cooperativo, saca a flote mis miedos e inseguridades. Detesto cuando pasa esto, ¡mis decisiones van mucho más lento!

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Formas geométricas y soledad

Autor: Pedro Sobrevilla

Había unas formas que eran vectoriales y geométricas, que ellas mismas antes de llegar al punto de fuga más alejado de la perspectiva, jugaban entre ellas a las tres en raya, luchando por ser tres formas iguales y desaparecer del juego y del cuadro.

Las figuras miraban su vacío y su soledad, eran duras como el acero, se fundían con fuego y endurecían con agua.

Las figuras hablaban a un árbol solitario, que crecía estando triste; tenía una luz tenue, que iluminaba sus días grises de lluvia, pero cuando saliese el sol se acabaría la tristeza.

¿Qué haces ahí?

Autora: Mari Paredes

¿Qué haces ahí sentada a mi lado?

A veces, no me doy cuenta que estás ahí, me pierdo en mis pensamientos.

¿Tú piensas?

Hoy estás muy callada.

Ven, acércate un poco a mí.

Cuántos años llevamos juntas, ¿verdad?

Y siempre estás ahí, a veces, no sé si alegrarme o todo lo contrario.

Eres tan sigilosa, estás escondida y de pronto apareces.

¿Tienes más amigos o solo a mí?

No me mires así, no es la primera vez que me ves, ni será la última.

¿Tú te quieres ir, o soy yo quien no te deja?

No recuerdo la primera vez que nos vimos, solo sé que hace mucho, y que con el paso de los años cada día te vas quedando más.

Y yo te pregunto:

¿Qué haces soledad sentada siempre a mi lado?

Denunciando

Autora: Beatriz Guillén

Hola, hace tanto que no nos vemos que, ciertamente, se me han olvidado tus apellidos, te busco en Facebook y no te encuentro. Daniel… ¿qué más? Sé que vives casado, que tienes hijos, eres padre de familia; yo bien en el pueblo, sin hacer nada y haciéndolo todo, tengo una discapacidad y no trabajo.

Eres desconocido, sé de tu madre y tengo sueños fríos, sé que te apareces copiando los deberes. Incluso adulto y sin hijos, te apareces, sin nadie. Únicamente que ya tengo una edad, envidio tu felicidad, porque es la rueda que mueve el mundo. Yo soy una llorona empedernida: lloro cuando hay felicidad, cuando hay bodas o cuando muere alguien; y en la tele lo dramatizan aún más, que quieres que te diga. Pero voy rondándole a la cabeza tu imagen, cómo saliste de este lugar pequeño e insignificante barrio de Getafe, tu pueblo, nuestro pueblo; me acuerdo de tu corte de pelo, eso sí de corte cazuela, que tanto se llevaba en los ochenta. Daniel, hermoso nombre, de verdad no sé si estoy medio menopáusica o mi mente desarrolla imágenes aceleradas y no te pude conocer mucho, nos separa la Universidad y lo que hicísteis formando una familia.

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Mejores amigos

Autora: Montserrat Yusta Pascual

Elena contaba con doce años, su larga melena rubia natural y fina le daba un toque especial.

Dada su enorme profundidad, casi siempre se dejaba llevar por sus emociones, hasta el punto de afectar a su salud, a su estado anímico.

Su hermano, Juan, le aconsejaba lo mejor posible, y le protegía.

A pesar de acudir a diferentes escuelas, Juan acostumbraba a buscar a su hermana en la salida, de su colegio; un edificio de dos plantas, con cuatro clases por curso, Secretaría de Alumnos y, en la puerta principal, un conserje, como en casi todos.

Debido a la gran timidez de Elena, sus compañeros abusaban de esta limitación, y se reían, o por lo menos, eso era lo que pretendían en el día a día.

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Tita

Autor: Kepa Vadillo

30 de septiembre de 2018

Amenazaba tormenta esa tarde. Por ese motivo, anticipamos nuestro paseo por los pinares del Cerro de Almodóvar y volvimos antes de tiempo a casa. El cielo cada vez estaba más cerrado. Al abrir la cancela que separa la puerta de acceso de entrada de la principal, en la terraza, nos encontramos a Tita, nuestra vecina del sexto, hablando con dos vecinas jovencitas de unos dieciséis o diecisiete años.

Cruzamos nuestras miradas con ellas y a través de las expresiones de sus caras, esa parte activa de nuestra comunicación no verbal, nos pedían por favor a gritos, como una especie de auxilio, la necesidad de ser rescatadas de aquella conversación mantenida con Tita, sin apariencia de realidad alguna.

Buenas tardes, Tita, chicas… expresamos al unísono.

Buenas tardes –contestaron cada una de ellas.

Tita, siempre tan elegante, con gran gusto a la hora de vestir –dije, en tono cariñoso, con voz pausada.

Tita, no sale a pasear sin un bastón, sin su bolso de marca y sin arreglarse o pintarse debidamente. Siempre muestra una elegancia natural envidiable. En sus tiempos mozos tuvo que ser una mujer muy guapa y glamurosa. Tiene la necesidad imperiosa de salir a la calle, de pasear, relacionarse con los vecinos. La casa le ahoga, como cuando tose por sus ataques permanentes de asma.

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Reflejos

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una vez un sol naranja, casi bermellón, que todos los días al amanecer, le despertaba la noche. Querría parecerse a una mancha de pintura: entintada, animada y coloreada; la luz naranja pintaba sobre el mar reflejos de colores verdes; las barcas de madera, absorbían el color azul impresionista del cielo.

El marinero y su barco se iban pareciendo más a una sombra negra; cuando más se alejaban hacia alta mar, les absorbía el color negro intenso de la noche, y no podían ver el amanecer diurno e impresionista.

Los trazos luchaban por no borrarse del cuadro y llegar solo a ser unos simples bocetos.

El cielo se teñía de color naranja, y la firma del pintor, se veía borrosa y desenfocada. No pudo cobrar vida, porque se estaba desvaneciendo y fundiendo en negro.

Pero no desapareció; todo, empezó a encadenarse, y convertirse en reflejos que parecían reales; aunque la realidad, es que eran reflejos del sol plasmados en la superficie, azul intenso, del agua del mar.

La primera vez que…

Autora: Montserrat Yusta Pascual

La primera vez que me emocioné con el “recuerdo de mi abuelo…”:

Todavía me acuerdo de su rostro, han pasado ya muchos años pero su imagen vive en mí, y más allá, en lo más profundo de mi corazón.

Lo recuerdo, su cara sonriente, de gesto pacífico y mirada tranquila y serena. Sus arrugas por el paso del tiempo indicaban una clara vejez. Recuerdo (creo) sus manos considerables, típicas de un hombre y muy trabajadas debido al oficio que desempeñó desde muy joven.

Recuerdo muy claramente su voz, una voz pausada y fuerte, altamente sonora. Ese recuerdo sigue siendo vívido.

Su memoria al cabo del tiempo, muchos años después de su fallecimiento, va poco a poco quedándose en mi diario; en el cual, hice una pausa y lo continué como si mi abuelo viviese todavía.

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Opus Meum

Autor: Kiumars Briz

ACTO 1

Entrevista con el Director

INICIO DE ESCENA

La puerta se abre de pronto. Klara se sobresalta un poco.

A.E.1– [ES2] ¿Klara Ackermann (prov.3)? Desde el despacho. Con voz serena pero firme.

K.4– [DE5] ¡Sí! Con voz un tanto tambaleante.

A.E.- Pase por favor.

Klara se levanta y se dirige a la puerta. Echa un vistazo al despacho. Primer contacto visual.

A.E.- ¿Me hace el favor de cerrar la puerta señorita? Tono más amable.

K.- Claro. Cierra la puerta. Echa otro vistazo al despacho mientras se dirige al escritorio.

A.E.- Gracias. Muy buenas, me llamo Kiumars Briz, un placer. Entra en juego la gesticulación: él esboza sonrisa y le da la mano.

K.- Encantada. Sonríe, mientras le devuelve el gesto.

A.E.- Siéntese por favor.

K.- Sí. Se sienta. Deja su bolso en su regazo y sus brazos sobre sus piernas. Disculpe ¿Cómo se pronuncia su nombre? Mientras frunce el ceño. Es que, me lo han nombrado y lo he leído alguna vez, pero no lo acabo de coger.

A.E.- [DE] Kiumars (//6). Pero no se preocupe, estoy más que acostumbrado a que la gente me llame de todo. Durante los primeros días, las primeras semanas, los primeros meses… Pone cara rara. Incluso los primeros años. Es por eso que prefiero que me llame Kiu, es más fácil para todo el mundo. Mientras ríe sensiblemente.

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El Busto

Autores: Taller de Narrativa de Solidarios

Son las tres de la tarde. Suena la música del telediario de la primera cadena. En su titular, aparece un reportero en el barrio de Vallecas, quien, micrófono en mano, comenta:

“La pared sucia y semiderruida del solar frente a la iglesia mayor se ha convertido en noticia cuando, esta mañana, ha aparecido pintada. Durante la noche, se ha transformado en la imagen de una mujer asomada a la ventana recogiendo las flores de su propio balcón. La imagen es tan perfecta, tan sugerente y tan llena de delicadeza que todo el mundo en la ciudad ha acudido a verla preguntándose quién la habría pintado, qué artista anónimo había sido capaz de hacer algo tan perfecto.”

La noticia se coló como un gélido viento en el comedor donde Sabrina y su padre estaban terminando de comer. Ella hizo una mueca torciendo la boca y esbozó una pícara sonrisa. Era domingo, el único día en que ambos podrían estar juntos y compartir el escaso tiempo que Roberto, su padre, era capaz de dedicar a su hija.

Sabrina llamaba la atención por el bello contraste entre su tez lechosa y su cabello color dorado. Solía ser una mujer risueña, alegre, tímida y creativa. Aquella noticia sobre la pared pintada había movido en ella ese pequeño atisbo de alegría infantil y pasional que solo le surgía cuando estaba en contacto con sus creaciones, con su materia plástica favorita: la plastilina.

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La Gran Partida

Autor: Kepa Vadillo

Como cada año por estas fechas, coincidiendo con los Sanfermines, en un pequeño pueblo vizcaíno que besa el mar, se celebra el XXXV Campeonato Nacional de Mus. Se trata de un pueblo muy arraigado a sus costumbres, con gente muy campechana y muy dada a la participación en cualquier competición que se precie.

Las habitaciones del hotel Ategorria se encontraban reservadas con meses de anticipación, no hay ninguna disponible. El campeonato es de tal magnitud que atrae a todo tipo de visitantes, a curiosos y por supuesto a los profesionales del juego.

La concentración de jugadores y sus acompañantes llenan las calles formando pequeños grupos, fundidos en una mezcolanza de colores, unas veces corporativos, con adornos o símbolos representativos de los pueblos cercanos, otros, pertenecientes a ciudades españolas y de países generalmente europeos. Con sus banderas, pendones, sus distintivos o insignias que identifican la zona de procedencia, atraídos sin lugar a dudas, por la generosidad del premio, el calor y amabilidad de los lugareños y cómo no, por lo bien que se come un buen bacalao a la vizcaína en esa localidad. Como siempre, acompañados por las bandas de música de las diferentes localidades que se concentran en la plaza consistorial y se reparten el templete por turnos para darle solemnidad.

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Viaje a Marruecos

Autor: Gerardo Rabadán

Cuando era más joven y tenía alrededor de los 20 años, en mis tiempos de mozo, hice un viaje a Marruecos con mi amigo Félix.

Como andábamos escasos de dinero, nuestra ruta fue poco convencional. Lo primero que hicimos fue bajar a Algeciras en tren. Nos subimos a un vagón que transportaba coches y recuerdo que cada vez que pasábamos por una estación, nos tumbábamos para no ser descubiertos.

Nuestra segunda parada era Ceuta. Así que cuando llegamos a Algeciras, cogimos un Ferry que nos cruzó hasta allí. En Ceuta, la gente nos decía que aquello era tierra de nadie y que todos iban de paso. Otros comentaban que cuando ya empezaban a conocer a la gente, era justo cuando se tenían que marchar. Félix y yo también íbamos de paso, así que nos acercamos a la frontera con Marruecos y tratamos de contratar un precio con el taxi. Ellos son muy regateadores y hasta que aquello no se vació, no nos bajaron la tarifa. Eso funciona así: el precio se acuerda antes y los taxistas a veces van cogiendo gente por el camino.

Entramos por Tetuán y nos dimos cuenta que la gente iba muy tapada, y que todos querían ser nuestros guías. Como, en definitiva, lo que buscaban era dinero, Félix y yo decidimos coger un autobús que nos dejó en un pueblo llamado Bab Berred, rodeado de montañas.

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Vacaciones de flor de naranjo

Autora: Beatriz Guillén

Esta noche he pensado en la ciudad de Valencia. Pues hace poco estuve allí, viaje inolvidable a través del IMSERSO y como compañera de viaje mi madre…

Descripción de esa tierra:

En los campos arrozales de la Albufera mientras el cercanías nos llevaba a la estación de esta ciudad de encantos a doquier. Se refleja esa literatura tan característica de Vicente Blasco Ibáñez, con sus reflejos plateados, mientras se espera que del calor y su agua verduzca consigan que nazca ese compuesto cereal tan indispensable en las paellas. Llegando allí me fijo en su estación de tren, con teselas románticas del siglo XIX, art decó en mercado central y nos maravilla mirar sus rincones con buganvillas, columnas, fachada, emblemas, todo muy valenciano y español. Y al pasar por la Rambla de las flores, su colorido se mezcla entre banderas del orgullo gay y flores… donde mejor sitio, pues que colocarlas en la fachada del Ayuntamiento. Es aquí donde la aglomeración de gente se carga en un ambiente caluroso, húmedo y se percibe el olor de la chufa y granizado de limón, y miles de sabores de heladerías Jijonencas. Para los amantes del dulce como yo.

Por ello, nos tomamos en la plaza de la catedral de Santa María una horchata de las de antes de maestro verdaderos horchateros. ! Que se quite el agua horchatera de supermercados y grandes superficies!

Realmente la dulzura de esta ciudad inspira a hacer cosas buenas.

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Cambio de estación

Autora: Ani Ruiz

Hoy llueve y ya esperaba la primavera. Desde que estoy en esta maceta solo he invernado, y así los meses pasan muy lentos. Hago las cosas como todos los días, presa del hábito y el adoctrinamiento. Abono seguro, agua diaria y temperatura controlada. Ya estoy cansada, no quiero dormir más; es hora de salir de este cómodo pote, afianzar mis raíces y crecer en dirección a los rayos de sol. Si no recibo riego, si el abono es escaso y la temperatura es extrema, pues como un cactus tendré que sobrevivir. No soy un tubérculo y estoy agotada de sentirme así. Así que primavera, llega ya con tu sol y calidez, para poder crecer y desarrollarme como un árbol. Te prometo, con todo mi corazón, que daré flores.

Carta a mi madre

Autor: Gerardo Fernández

Querida madre,

Supongo que como todas las madres, para mí siempre has sido una persona muy especial, a lo largo de toda mi vida, jamás de conocido una persona tan luchadora y valiente como tú lo has hecho por mí.

Papá falleció hace 20 años, desde entonces vivimos solos los dos, nos apoyamos mutuamente de una forma incondicional.

Sin embargo, cuando era joven, como no tenía trabajo tuve que agarrarme a lo que fuese. Una vez me fui a vendimiar a Francia pues los jornales estaban más altos que aquí. El trabajo que me salía era temporal. En el mismo campo de trabajo me comentaron que en Holanda estaban ahora con la recolección de los tulipanes así que allí me fui.

Cuando acabé me fui a Noruega, allí me alisté a la tripulación de un barco como cocinero. El barco iba destino hacia América de Sur, yo me baje en Honduras con mi macuto a cuestas, me adentré en la selva. Allí llegué a un poblado, me recibieron bien, me hicieron pasar a una choza donde bellas señoritas me trajeron de comer y de beber. Poco a poco fui entablando amistades sin darme casi ni cuenta me enamoré de Yazmín. Íbamos los dos a pescar algún pescadito en una barquichuela hecha de caña de bambú y empecé a dudar que vida era mejor, si la de Madrid o la del poblado. Aquí no existían ni las prisas ni el agobio, tampoco los malos rollos. Pasé dos meses en el poblado hasta que un día me levanté, cogí el macuto y puse rumbo a Madrid, pues quería verte.

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Pueblo, placeres, recreo rural

Autor: Pablo Medina

Lo de tener pueblo de familia es un topicazo. En mi familia en concreto, pasó por ser una manera de relajo semanal de fin de semana. El viernes por la tarde, al llegar, lo primero era irse de juerga. Antes de acostarse, cervezas, banderillas, vuelta a casa, la cena y a la cama.

Mi padre tenía el chalet, también llamado “hotelito” cotidianamente, en la Urbanización el Paraíso, a cuatro kilómetros de Valdemorillo, carretera dirección a El Escorial, en concreto a cuarenta y siete kilómetros de Madrid.

Al día siguiente, vida en familia por la mañana. Lo primero, los padres se iban con el coche al pueblo, al super Bravo. Tenía las secciones de carnicería, el pan y se encontraba en el centro del pueblo. En el super se compraba todo lo necesario. Lo siguiente, el aperitivo. Para los padres unas cañas y para nosotros, refrescos y alguna tapita.

Podría hasta recordar sensaciones, olores, momentos familiares, la buena vida. Entonces existía la fraternidad entre la familia. Me gustaría de alguna forma transportarme y, a quién lea esto, a aquellos momentos, sobre todo, el recuerdo de imágenes que solo yo tengo en la mente. Y que no resultan fáciles de representar, sea por escrito, fotografiado o pintado. Incluyo en esto, los buenos y malos momentos como en cualquier familia con sus roces.

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Brisa

Autor: Héctor Higuera

Agachó la cabeza en el mismo momento que la bala atravesaba el cristal y se hundía en el mostrador.
Durante días, la niña se alejó de la ventana. Escuchaba el sonido de los rifles de los francotiradores yugoslavos sobre la calle que, a instantes, irrumpía, penetrante, en la tienda y, escondiéndose en el almacén, lloraba hasta que el abrazo de su madre la protegía. Temía la luz de la ventana; y la inquietaba, porque cada día de aislamiento la acercaba más a ella. Avanzaba hasta el mostrador, se detenía y se retiraba, nerviosa, al almacén.
La frecuencia de disparos disminuyó. Ella, aterrada, pero con determinación, atravesó las cajas y muebles abandonados del escaparate y se acercó a la ventana. La luminosidad cegó sus ojos por unos segundos. Posó su frente sobre el frío cristal y respiró, exhaló, el aire que atravesaba el orificio creado por la bala.

El pueblo donde he veraneado

Autor: Antonio del Cerro

Hace muchos años cuando yo era adolescente mis tíos tenían un chalet en una urbanización cerca de Valdemorillo. Ese chalet era donde yo iba de vacaciones. La urbanización tenía un pantano y al lado un club. Allí se practicaba sky acuático. El chalet era muy bonito, de color blanco y con piscina. También tenía un jardín grande con árboles y flores. En el fondo de un lateral, la valla daba a un coto donde había vacas y por la noche se las oía mugir.

Tenía muchos amigos: como Yago que era alto y muy inteligente o David, que era apodado el curilla, era pícaro y enérgico.

En el club del pantano jugábamos a las cartas y en casa de Yago varios amigos jugábamos a juegos de rol y lo pasábamos muy bien.

A veces nos íbamos a hacer excursiones por el campo y comíamos un bocadillo.

Mis tíos vendieron el chalet.

Mi pueblo

Autora: Sandra Castagnetto 

En el pueblo donde he pasado mi infancia estaban los raíles del tren con la estación del mismo, que dividía el pueblo en la parte rica y la parte pobre. En verano sonaban las chicharras y el aire parecía más cálido al lado del estanque de los patos, donde los chavales jugaban a la pelota entre almendros y abedules.

Cuando amanecía, encontrabas a las palomas acurrucadas en el tejado y  en algunas ocasiones en el alféizar de la ventana de la cocina, esperando con el cucurrucucú de sus sonidos.

Sin perder el tiempo, salían la vecinas a lavar las sábanas al lavadero de la plaza en  aquellas aguas gélidas que corrían por las calles, blancas unos días, de color otros.

Los carros de caballos tiraban los fardos con alfalfa corriendo por los pastizales del cementerio.

Al mediodía el calor derretía el asfalto rojo por donde circulaban los primeros coches de un pueblo a otro. Se detenían con el pitar de la guardiacivil de turno, esperar la marcha que atesoraba el vaivén del chasis.

Lo mejor del día vendría tras la comida reposada al lado de la corriente de la ventana, que caía justo al lado de la terraza del salón. El Sol bajaba por el lado de atrás de la cocina, de donde salían los crujidos de la vajilla que esperaba a ser lavada con esmero y tesón.

Ya por la tarde, bajabas por la cuneta a la salida del pueblo donde estaban las piscinas y del campo de fútbol amateur. Allí mordías el polvo tras las pisadas de los chiquillos sobre la arena, si seguías el recorrido de sus pasos al correr tras ese balón,que caía con fuerza al deslizarse por el campo.

Tras cenar ligerito, te acomodabas la chaqueta de lana de la abuela, tejida a mano para pasear por el camino que daba al colegio, el que estaba lleno de arena, el que se embarraba cuando caían las primeras gotas de lluvia allá para primeros de Septiembre.

Vacaciones en Villamanta

Autor: Pablo Gascón

Las vacaciones en mi pueblo las recuerdo con mucho cariño y añoranza. Levantado sobre agrestes montañas y montículos, como casi todos los pueblos de la meseta castellana, tenía un encanto especial, un encanto especial que se abría ante mis ojos en toda su plenitud.

Y os preguntaréis ¿qué encanto era ése? Pues ante todo, mi pueblo era como un cuadro donde el sol y el calor del verano dibujaban formas maravillosas. Nunca podré olvidar esa luz que se mezclaba con las cosas más insignificantes que pueden encontrarse en un lugar tan noble y señorial.

Mi pueblo albergaba una iglesia y un campanario sin igual. Se alzaban sobre el cielo como si fueran lanzas de los tercios españoles en épocas pasadas. Su sola imagen daba solemnidad y carisma al paisaje que desde lejos se divisaba.

Mis amigos y yo disfrutábamos del riachuelo que corría por los linderos. Allí solíamos bañarnos completamente desnudos, y el frescor que transmitía era de una naturaleza refrescante y a la vez mística. Aquel riachuelo apaciguaba el calor con que en aquella época de año nos inundaba de forma inevitable.

En la plaza, lugar de encuentro de los vecinos, se alzaba una fuente de equilibradas proporciones. En verdad que era un punto de encuentro para la muchedumbre, que transitaba por los rincones más recónditos de aquellos parajes.

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La farera farolera

Autora: Pilar

Aurora era una mujer de alrededor 40 años soltera y con los ojos azules, como el mar.

Tenía mucha fe y era culta, aprendió de su familia que cuando llega navidad ponía en el calendario los cumpleaños de su familia, grabados a fuego, de sus ancestros fallecidos y de santos enchufados. La fe le daba tranquilidad y mucha paz consigo misma.

Le gustaba escribir cartas a amigos y amigas. Tenía un móvil y televisión con lo que se enteraba de lo que ocurría en el mundo.

También le gustaba pintar, cogía su bicicleta y se iba a la capital a aprender pintura. Gozaba con cuadros sobre todo para regalárselos a los peques.

Aurora era de tierra adentro y siempre le habían gustado los ríos, pero una vez en una excursión vio un faro y se le iluminaron los ojos de emoción al preguntarse porque estaba allí.

De sus estudios de geografía e historia comprendió las costas de España como una de las tres penínsulas del Mediterráneo. En los cabos estaban los faros para que los barcos no chocaran en las rocas.

A los 17 años había ido desde Zaragoza (Cesar Augusta) a Santiago de Compostela en autobús con los compañeros del colegio.

Cuando hay luna llena ruge la mar y sube la marea e influye en las parturientas 

El día de nochebuena recibió una medalla al mérito del trabajo con lo que podía permanecer allí en el faro de forma permanente.

Historias de un zoo

Autor: Pedro Sobrevilla

Esta es la historia de unos animales de circo que se escaparon de una carpa roja blanca alta y claustrofóbica, todos los días iban del zoo al circo en un tren, cada uno en un compartimento, angosto que recordaba a esos trenes abarrotados que creaban ansiedad y angustia a los animales, y que en días de pleno verano podrían correr el riesgo de deshidratarse.

El orangután de nombre Jorge, veía en su compartimento series de los ochenta como ”Fraggle Rock”, o por la noche de viaje al circo, veía pelis de superhéroes como “ la liga de la justicia”, no le gustó tanto como los dibujos que veía en telemadrid por la mañana en su más tierna infancia y parte de la adolescencia.

Le apasionaba la comida, era un reputado crítico gastronómico, y sus cuidadores en su tiempo libre le llevaban a restaurantes chinos a comer plátanos con miel, como premio a su buen comportamiento y porque hacía la crítica de todos los restaurantes chinos.

Era de constitución muy elástico, puesto que hacía gimnasia rítmica. En su tiempo libre en el zoo se colgaba de las ramas altas de los árboles, tenía mucha habilidad porque en un pasado fue campeón de barra fija y anillas.

Su hermano gorila se llamaba Pedro y le apasionaba el boxeo. Paraba en un antiguo bar de la calle Príncipe de Vergara 210 junto a parque de Berlín llamado como la película de Stalone Rocky.

Un día apareció una gorila de Colombia de nombre Janet, y sabía cocinar y como le encantaban los plátanos le preparó un plato de plátano macho y le conquisto. La gorila tenía como actriz favorita, a Juana Acosta, que le enseño a preparar la receta de plátano frito y al gorila Pedro le invito a su casa a ver la película “vientos de la habana” y se gustaron. Ella, una noche tomando ron, habló de política y le propuso una revolución a todos sus amigos animales para que se escapasen del zoo, debido a la tiranía y el mal trato de los cuidadores

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El abandono

Autor: Kepa Vadillo

23 de julio de 2017

Deambulaba cabizbajo por el pasillo de su casa sin tener muy claro que dirección tomar. Vivía en el bajo, en una finca de cuatro plantas, sin ascensor, alejado del bullicio de la población. La vivienda tenía una superficie amplia, rondaba los cien metros, suficientes como para sentirse más solo todavía. Se trasladó a esa finca con su familia natal, en plena construcción del barrio, en una fecha en la que no era capaz de atisbar lo que había en el exterior desde las ventanas. El barrio había crecido al abrigo de unos altos hornos, por una demanda incesante de mano de obra sin formación y fruto de una emigración sin precedentes en la zona. Los montes que protegían con sus sombras a sus pobladores tenían en sus entrañas minerales de hierro y esa era la razón principal que facilitaba la inversión. La mezcla de costumbres, de los olores a la hora de cocinar, de ruidos, del vocerío por parte de sus vecinos no presagiaba una convivencia civilmente aceptable, pero se resignaron a vivir con lo que les tocaba.

En los años setenta, las bolsas de basura de la vecindad se depositaban en un lugar ubicado para ellas, encima de un pequeño solar de tierra al lado del monte. No había contenedores verdes o amarillos como ahora. Los trabajadores del camión de la basura se afanaban en pelear con las ratas existentes, intentando vaciar de inmundicias el pequeño habitáculo arrancado al monte.

Joaquín era el pequeño de siete hermanos. Aprendió muy rápido el concepto de herencia o de dote fraternal. Hasta que no cumplió los catorce años no supo lo que era estrenar ropa nueva. Los jerséis de lana hechos a mano por su madre, los heredados en segunda línea de sucesión por los vecinos, llenos de bolitas, cedidos de tanto sobe, formaban su patrimonio privado, arremolinados en el único hueco disponible de un armario con una puerta de formica, con una manilla circular parecida a un botón de metal latonado, sujeta con dos bisagras que impedían que pudiera cerrarse en su totalidad, en la parte de abajo del mismo, quizás por lo de la altura, más a su medida.

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Caja de colores del tamaño de una maleta

Autora: Mª Antonia

¡Por fin llegaba a casa!

Sacó el llavero y abrió el portón mirando de reojo el latón de la puerta. Seguía sin gustarle.

Ascendió los tres peldaños que daban a la cancela y la abrió. Hoy no subiría en el ascensor, no había hecho suficiente ejercicio, así que anduvo rápido hasta el tercer piso.

Al pasar el umbral de la puerta, se encontró con su gato maullando. ¡Que contento se ponía cuando la veía aparecer!

A continuación, realizó las tareas rutinarias de la llegada a casa: dejó las llaves y el bolso, se quitó el abrigo, buscó unos zapatos cómodos y de repente la vio. ¿Qué hacía encima de la mesa del salón una caja de colores del tamaño de una maleta? Se acercó despacio y se preguntó ¿quién se la habría enviado?, sabiendo que Josefa había abierto al transportista.

Encima de la caja, en papel blanco, había pegada una etiqueta: no abrir hasta las doce horas del día veinticuatro. No constaba ningún remitente. ¡Qué cosa tan rara! Estuvo tentada de no hacer caso pero decidió ser obediente por una vez y esperar, la retiró de la mesa y la dejó en un rincón.

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El mar

Autor: Antonio del Cerro

La orquesta “Casa Central Española “estaba en el barco donde iban a tocar el día elegido, por ser el cumpleaños del capitán. Lucas, el director de la banda era alto y guapo. Su afición era la música y los viajes. Estaba como pez en el agua en su trabajo el día de la celebración.

La mañana del veinticinco, el día del cumpleaños empezó a ver globos en todos los camarotes donde iba. ¿Qué raro? – Pensó y dijo a un músico: ¿Quién habrá puesto los globos?

Preguntaron y nadie lo sabía. Le dijeron que era un cumpleaños y Lucía, que tocaba el violín pensó que era magia.

Al mediodía tocaron en el salón de la cubierta de camarotes y poco después ya no había globos en el barco.

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Mi primera vez

Autor: Pablo Medina

Fue en casa de mis padres la primera vez que yo puse un disco de música sin saber lo que era un vinilo. Mi hermana Paloma tenía un tocadiscos, era de los primeros aparatos electrónicos que entraban en casa, se podía trasladar a cualquier lugar. Un tocadiscos de aquellos años, en concreto de la década de los sesenta. Me viene a la memoria que tenía unos seis o siete años y para mí fue toda una experiencia poner un disco de vinilo que no sabía lo que era y escuchar música yo solo. Aquel tocadiscos fue importante para mí. Con el tocadiscos en mi poder, iba a por un disco a la habitación de mi hermano José y, con todo ello, pasaba grandes ratos de feliz soledad en el despacho de mi padre, escuchando aquellos compases del violonchelo de una canción que me hizo apreciar la música de forma que sigo amando la música en nuestros días.

El disco era de Bob Dylan, que contaba la historia de Huracán Carter: un boxeador de raza negra al que tendieron una trampa. La cara A me gustaba, y mucho, la ponía y la volvía a poner “machaconamente” y así, día tras día, no me cansaba de escucharlo. Aquel tocadiscos lo recordaré siempre, sobre todo por el diseño de tipo portátil, aquel símbolo de la marca Cosmos: el color de la carcasa verde y blanco, el anagrama del nombre del aparato, como símbolo musical. Esto suelo relacionarlo con estar en casa y oír la música que ponían los demás que anduvieran por el hogar, o yo mismo, o música en general, incluso la radio, y esto es el recuerdo de la primera vez que tuve contacto con la música, y de sentirme yo solo aprendiendo a escuchar.

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Mensaje de esperanza

Autor:  Pablo Gascón

El verso, una vez más, despliega dulcemente

sus frágiles aletas,

y se incrusta en las voces

de cuyos adentros partió,

irritado y soñoliento.

Una buena noticia

envía el mensajero que antaño vio las flores

crecer con nostálgico ardor y nacer

con mortífero sueño…

Debéis saber que, pese al griterío,

existen nuevas flores que plácidamente sonríen

en los márgenes de los ríos;

hay impuros testigos recelosos

que invocan a los dioses y observan su misterio

con la certeza omnisciente de que serán así prodigios;

alimentos, manjares, esperando a que el hombre

cese de hacer oprobio en sus quehaceres;

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El paseo

Autora: Sandra Castagnetto

El día llegó. Me preparé la minifalda y los zapatos de charol que mi abuela bañaba en leche para limpiarlos y abrillantarlos cada noche.

Ella me esperaba en la puerta. Le cogí del brazo y me fue susurrando al oído, como él, le llamaba por la tarde.

Llegamos a la plaza, repleta de chiringuitos con bonitos adornos de bisutería que llamaban la atención con fabulosos colores llamativos. Me dijo que ella quería el rojo y para mí, el azul, así que nos pusimos de acuerdo para compaginar los adornos, uno a cada lado del ojal de la camisa.

Después, un helado de fresa se nos antojó, como en el anuncio que habían puesto en la tele el día anterior.

Salimos de la plaza para llegar al camino que nos bajó al paseo de la cala de agua cristalina, donde nos dejábamos la piel para sacar moluscos y demás animalitos del mar que salían del agua.

Volvimos a la plaza, de donde nos despedimos de la danza de los payasos que amenazaban la velada del paseante amateur.

Bajo la ley del preso

Autor: Pedro Sobrevilla

El preso antes de ser preso, era inocente. Decían las habladurías que era cómplice de asesinato, pero la realidad auténtica es que una noche se quedó solo en una niebla, bajo una luna blanca y llena, y que perdió la pista de sus amigos que estaban bebiendo. Decían que detrás de los delgados brazos de los árboles existía un cadáver, pero era mentira y él no lo podía demostrar frente a un juez porque no se veía, más allá de sí mismo, debido a la espesa niebla.

Su gran memoria de elefante le ayudó a estudiar derecho y le hizo ascender al puesto de abogado, muy rápido, como si fuera un juez, pero aún así no le permitía recordar si realmente hubo noche de asesinato o no la hubo.

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El pícaro pastelero y Mateo

Autora: Beatriz Guillén

En un pueblecito muy, muy lejano había un pastelero que hacía ricas golosinas para los niños. Entre ellos, un niño llamado Mateo. Su madre no podía comprarle nunca ninguna pues, después de la escuela, ella tenía que apresurarse para limpiar una casa donde trabajaba como sirvienta de unos ancianos; ella intentaba pasar tiempo libre con su hijo, pero ya tenía suficiente con pagar el alquiler de su propia casa y trabajar. Le gustaba ver que su pequeño estaba siempre estudiando o jugando. Los dueños dejaban que Mateo estuviera allí, de vez en cuando, ya que era como un nieto para ellos y le dejaban mientras tanto jugar, hacer los deberes y estudiar. Pero, el señor anciano que de profesión había sido cocinero, le enseñaba recetas a Mateo, y se las dictaba, ambos practicaban cocinando todo tipo de dulces caseros. Mateo aprendió a cocinar de verdad y su madre se sorprendía de las habilidades que tenía su hijo. Un día le dijo el anciano a Mateo que estudiase cocina, porque valía para eso. Mateo se quedó sorprendido, porque un niño tan pequeño como él, no había pensado en su profesión cuando fuera mayor, pero le pareció una gran idea. A Mateo le gustaba cocinar. Un día, en un fin de semana, que su madre libraba del trabajo, llevó a Mateo a la pastelería, pues había sacado muy buenas notas y estaba muy contenta. El niño eligió de entre todos los pasteles uno de chocolate y comenzó a comerlo. Al primer bocado, le dijo al pastelero que no llevaba el suficiente chocolate y es que el pícaro pastelero no sabía cocinar y compraba los dulces en una fábrica. Cuando Mateo se fue haciendo mayor, eligió como estudios ser cocinero, en concreto pastelero, su madre se sentía orgullosa de Mateo y del esfuerzo que había logrado al poder matricularse en una de las mejores escuelas de cocina de París. Mateo era un gran chef con mucho prestigio. Pero decidió volver a su pueblo natal y abrió una chocolatería en el centro del pueblo y con lo que había aprendido, realizó los más suculentos pasteles, bombones, chocolatinas, caramelos, tartas, piruletas, todos ellos realizados con el mejor chocolate. ¿Sabéis a que pastelería iban los niños después del colegio? Pues a la de Mateo. Él tenía la mejor repostería y la más saludable, con los mejores cacaos de todo el mundo, era leal, honesto y tenía mucha amabilidad con la clientela, se dieron cuenta de la calidad que ponía en su trabajo Mateo. El pícaro pastelero se quedó sin clientes, pues los engañaba con dulces prefabricados y los clientes no eran tontos, sabían que los dulces de Mateo eran de mayor calidad y más sanos. Así que ya pasado un tiempo, el pícaro pastelero tuvo que cerrar la pastelería. Mateo apenado, vio como el pastelero de su infancia cerraba la tiendecita donde, de vez en cuando, compraba alguna golosina. Dado que no era su intención que el pícaro pastelero se quedase sin trabajo, lo vio llorando en un rincón de la calle mientras echaba el cierre, Mateo habló con él y le dijo que no llorase, que él tenía mucha clientela y necesitaba personal, y que si quería le daba trabajo, mientras que le enseñaba a cocinar de verdad. Mateo y el pícaro pastelero se dieron la mano, símbolo de amistad. Por un tiempo Mateo vio que el pícaro pastelero no sabía cocinar, así que le enseñó de verdad cómo se cocinaba bien y con mucha paciencia, le confió las recetas más suculentas y nuevas para hacer los mejores dulces del pueblo. Ambos consiguieron ser muy buenos amigos y hacer muy felices a los niños con sus dulces. Así, el viejo pastelero era feliz porque, por primera vez, cocinaba y no engañaba. Aprendió del joven Mateo que, si él no hubiese escatimado en ingredientes, y engañado a los niños con sus dulces prefabricados, habría tenido más éxito en su trabajo si no hubiese dado “gato por liebre”, y así no tendría que haber cerrado su antigua pastelería. Por lo que no es más listo el que engaña por no saber hacer bien las cosas sino el que es más honesto y honrado, el que lo hace bien desde el principio, para poder tener éxito en esta vida.

Presentación del libro “Sábados de Relatos”

Sabados de relatos - portada

Hoy, 15 de diciembre, a las 17.30 horas en la Sala de Conferencias de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid se celebrará la presentación del libro “Sábados de Relatos” editado por el grupo que ha creado este blog con el apoyo de Solidarios para el Desarrollo.

Es el resultado final de más de un año trabajando cada publicación en el blog. Un proyecto que empezó con una pequeña idea de una voluntaria que ni siquiera creía que fuera realizable y la sorpresa es que se desarrolló, exponencialmente, hasta llegar a editar un libro en papel con los relatos escogidos por sus autores.

Deseábamos crear un libro especial, reflejar la heterogeneidad de voces y, a su vez, unirlas en un todo artístico que definiría el programa de Salud Mental de SOLIDARIOS: un espacio para compartir nuestras diferencias.

Treinta y dos relatos, nuestra materia prima, escritos con talento, trabajo y valentía, valores que podemos sentir en cada frase y su deseo de compartir con el lector, abrirse a él, que escuchen y comprendan su voz, todo lo que se escapa a través de las palabras y que, en definitiva, solo pretenden decir: estoy vivo.

Debemos dar las gracias a todas las personas que han publicado en este blog.

Y, por supuesto, a vosotros, lectores.

Estáis invitados a la presentación.

Muchas gracias.

Azules son sus pinceladas

Autora: Beatriz Guillén

En mi vida, intenté ponerme en su lugar, no sabía lo que sus ojos intentaban decirme, yo era joven, demasiado delicada y con aires de madrileña de educación exquisita, como para intentar querer a mi marido.

En el año 1889, la exposición de París era un sueño para cualquier muchacha que deseaba investigar, intrigándose entre las calles olorosas de barrios concurridos como el de Montmartre. Allí junto a mí, varios pintores me sonreían. Hubo uno, simpático, que hablaba español, de hecho lo era, con ojos profundos y negros, bebía absenta y fumaba en un bar, por lo que me hizo sospechar que también era artista.

Su voz dolorosamente aguda, me habló con delicadeza, me dijo que era malagueño, que viajó hasta París para retratar, para influirse de otras lenguas y culturas.

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¿A qué sabe el olvido?

Autor: Kepa Vadillo

Sucedió en la estación del tren de cercanías de mi pueblo. Como todos los días, después de la salida del instituto, le acompañaba a la estación para que cogiera el tren que le llevaría hasta su pueblo. Nos acomodamos en nuestro sitio de siempre, al final de la estación, donde las conversaciones pueden ser más privadas y las caricias no son objeto de observación. Allí, en nuestro lugar favorito me dijo que me dejaba, que nuestra relación se había terminado. Allí, en el mismo muro donde habíamos dibujado nuestros nombres envueltos en un corazón.

Encajé el crochet, me tambaleé. Me cogió con la defensa baja, simplemente bajé los guantes, tiré la toalla y di por finalizado el combate. Que se retrasara el tren hizo que aún conservara en mi memoria los últimos olores, mezcla de colonia y sudor. Se despidió desde la ventana alzando su mano. Tan solo pude devolver el gesto, como perdido, esperar a que arrancara el tren y comprobar que aquello no era un mal sueño.

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El incendio

Autor: Antonio del Cerro

Mosiah era un pastor que vivía en un pueblo de Extremadura. Le gustaba el campo y los animales. La naturaleza era para él lo más importante. Sus padres lo sabían y estaban encantados con él y su trabajo.

Un día de verano, Mosiah salió con sus ovejas al campo y todo parecía normal hasta que desde el pueblo se vio una gran columna de humo que subía hacia el cielo. Era un incendio. Todos se alarmaron mucho y acudieron los guardias forestales y los bomberos para controlar el gran fuego. En dos días apagaron el fuego.

Todo apuntaba a que había sido un fallo eléctrico de una torre eléctrica pero los guardias forestales encontraron una botella medio vacía de gasolina. Preguntaron en la gasolinera más cercana quién había comprado gasolina. La llevaba en una botella y se descubrió que Mosiah era un pirómano.

Pinceladas de una amistad

Autora: Sandra Castagnetto

Erase un niño que se despertaba cada mañana con mucho miedo. Quizás el aire vibrando por las hojas de los árboles del parque, quizás la sombra entre los coches de la calle a media luz, le hacían vibrar cada día al despertar temprano. Mirando a su alrededor el chico veía sombras que giraban en torno a su cabeza y le hacían estremecer.

Un día le dijo a su madre: “Mamá, mamá, esa sombra que me sigue se parece al yayo. A veces me habla y me cuenta cómo van a ser mis pasos de mayor”.

Los padres del niño estaban muy preocupados por Jaime, que así se llamaba el niño de sus ojos, ya que desde que tuvo el accidente con la bici, de eso hace ya unos meses, no parecía el mismo. Llamaba, bajaba cada mañana corriendo escaleras abajo, con su pijama a rayas verde saltando por encima del sofá, gritando: “ya vienen, ya vienen”. Los padres de Jaime decidieron llevarle al especialista.

En una sala con carteles había unos bancos de madera laminados. De fondo, una ventana roja “Thermolactyl”. Llegó a la sala Mario. Mario, que era un niño con un bastón en la mano, se guiaba por los sonidos de las voces que le susurraban, sonidos que viajaban por el aire hasta sus oídos. Se encontró con Jaime y lo primero que le vino a la cabeza fue su olor. Le vino a la mente los días de invierno junto a la cocina, aquella donde su madre preparaba la crema de lavanda y luego rociaba sus manos, aquellas que acariciaban su mejilla y su pelo, cuando le peinaba con la raya en medio. “Tengo miedo” le dijo a Mario. Este prosiguió: “La oscuridad no te va hacer daño. Cuando salgas a consulta llegarás por el pasillo estrecho que conecta con la sala. Cuando entres a la consulta, te encontrarás a mano derecha con un cuadro azul, en el centro con una mesita, dos sillas y una estantería con libros y juguetes a mano izquierda”. La habitación olía a jazmín.

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Del presentimiento

Autor: Pablo Gascón

Del presentimiento

me invaden conclusiones

que alteran situaciones,

hallazgos del momento.

Del momento hallazgos

tiemblan en la alfombra

de tenue luz de sombra

al sur del mayorazgo.

Del mayorazgo intruso

por los hombres silentes

que aguardan penitentes

el manantial confuso.

¿Quién será aquél que altivo

arrastre cien caballos

hacia el abismo sediento

de sangre y sentimiento

mil veces destructivo?

Oda a los padres primerizos

Autora: Beatriz Guillén

Ese día, yo lo supe:

me quedé embarazada

de mi niño o mi niña

que tanto tu padre como yo

tantas veces deseamos.

Mi cuerpo estaba cambiando:

mis pechos iban aumentando,

mi vientre dulcemente renacía,

era como una Venus

que de belleza resplandecía.

Muchísima alegría nos diste,

ya estabas dando patadas,

para mi algo molestas,

pero ya sabían tu papá y tu mamá

que dentro de mí tú estabas.

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Desde Barcelona, mon amour

Autor: Pablo Medina

Barcelona, mon amour.

Escúchame un momento, qué cosas le pueden llegar a pasar a uno. Te cuento: llegué a Barcelona a medianoche, tenía que cambiar el billete, a eso me dio tiempo a llegar, pero, claro, llego y no hay nadie esperándome. ¡Caray! y ¿Yoli?, aquí no espera nadie. Al punto de información: “Hola, buenas noches, ¿por favor, una cabina de teléfono?, ¿me indica? bien, muchas gracias”.

Llego, marco, tic, tic, tiquiti, suena:

-Hola, Yoli.

-Ah… Hola, ¿eres Fernando?

-Sí, soy yo, acabo de llegar, estoy en Sants. Tuve que coger el siguiente tren.

-Claro, me extrañó que no estuvieras en el del mediodía.

-¿Y cómo hacemos?, ¿qué tengo que coger para llegar a tu casa?

-Vente en metro. Línea verde, Alfonso X. Yo te voy a buscar.

-Vale, voy para allá.

Hace tanto que no la veo, ¿cómo estará?, ¿será la Yoli de siempre? Qué impaciencia. ¡Por Dios!

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El príncipe y la bruja

Autor: Gerardo Fernández Rabadán

Del fondo de las tinieblas resurgió la bruja Antrax. Su misión era arrasar el reinado del Príncipe Yosua, símbolo de paz y nobleza.

La bruja Antrax con tal de destronar al Príncipe estaba dispuesta a cualquier cosa, incluso practicar la magia negra, acompañada de su ejército de los Señores del Mal.

Sabiendo de las intenciones de la bruja, el Príncipe se reunió con sus nobles caballeros para poner fin a las perversas maniobras de Antrax , capturarla y llevarla a las mazmorras.

El Príncipe Yosua tenía muy buenas relaciones y había hecho amistad con una hija de un noble, de nombre Yasmín y era poseedora de un dragón. Una de las capacidades de Yasmín era que poseía la virtud de realizar magia blanca, capaz de enfrentarse a todo tipo de magia negra.

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Le llamaban Cristo-Jesu-Cristo. Pero el diablo dijo No

Autor: Pablo Medina

Ha pasado mucho tiempo, el suficiente como para haber borrado de su memoria la carga que desde jovencito iba asociada a su forma de vivir, a su forma de pensar, en definitiva a su forma de existir. Para remate, sus padres le pusieron de nombre Cristo.

En los años en los que el acoso y desgaste por parte de los niños del vecindario no estaba regulado, como lo está ahora, resultaba sencillo destrozar a una persona, meterse permanentemente con él y degradarle de tal forma, que al final había que estar recogiendo trozos de su estima por el suelo, como un cristal roto. Es normal que enfermara o por lo menos, que el informe médico hiciera mención en uno de sus numerosos apartados, aquellos en los que el tribunal desaconsejaba ser una persona activa o capital humano.

Con el paso de los años, Cristo o  Jesu-Cristo, como se le conocía en el barrio, había dejado de imitar la vida de los otros vecinos. Ahora vive en las grandes superficies, esas en las que los mendigos campan sin control, llevando un carrito con todos los enseres de su vida, sus tesoros más importantes.

 Ya no pide para ahorrar ni para volver a ser persona. Ya no pide para tener su casa, su familia y una vida, sin entrar a valorar si es normal o no normal. Ahora solo pide para los vicios, las dependencias, el tabaco y el alcohol; la del puesto de periódicos te cuenta que, ahora a ése y más de ese palo, los llaman Yonqui lata.

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El martillo, la sierra, y el destornillador

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una vez una sierra, un destornillador y un martillo. El destornillador tenía el mango amarillo, el martillo lo tenía de color azul y la sierra tenía el mango rojo.

Las tres herramientas fueron encontradas en un garaje donde había un coche clásico americano que su pintura brillaba cuando salía el sol y se veía reflejado el paisaje de la carretera; la pintura era de color rojo intenso.

Cuando las tres herramientas trabajaban para su dueño, en labores de bricolaje y carpintería, había un saxo de color dorado que, cuando sonaba la música, homenajeaban a una pianista de color llamada Nina.

Nina, de niña, hacía atletismo por África, en los paisajes salvajes de la sabana y el Serengueti, y soñaba con ganar un trofeo de oro, y que un día perdió la oportunidad por salvar a un cachorro de impala que se extravió de su familia y de su manada.

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Habrás oído decir…

Autor: Pablo Gascón

Habrás oído decir de lánguidas voces

que ya las flores no perfuman con sus fragancias,

que ya las montañas no desprenden

las musicales notas del murmullo asiduo,

sino que en un velamen danzan escondidas,

sus senos protegiendo del diente envilecido.

Del diente envilecido que amamantó la noche,

alimentó las sombras y, desde su insolencia,

manchó las sepulturas que lloran por amor.

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Forbeat

Autor: Antonio del Cerro

Todo es muy western en Forbeat. No es el Lejano Oeste pero está lejos, al oeste del continente. También hay mucho ganado y pistoleros. Hay salones sin bailarinas de cancán pero se bebe mucho whisky y se juega a las cartas. Corre mucho el aire y hay molinos.

Nuestro héroe, Jack, es un pistolero. Tiene dos pistolas y una escopeta. El malvado Hogun es chino. Hogun roba cabezas de ganado y las vende en las ferias. Como el sheriff estaba enfermo, un granjero, que se dio cuenta que le faltaban vacas, llamó a Jack. Jack estaba de guardia en el banco y fue a caballo a buscar a Hogun porque un confidente del sheriff le dijo que había sido el oriental.

Jack encontró a Hogun con las vacas y le expulsó de Forbeat. Le amenazó y Hogun se fue a las montañas de la frontera. El sheriff felicitó a Jack y finalmente le hizo su ayudante. Las vacas volvieron con el granjero que ya estaba más tranquilo porque Hogun no volvería a robarle nunca.

¡Qué soberbias las torres…!

Autor: Pablo Gascón

¡Qué soberbias las torres inconscientes,

prodigios natos, estancias soldadas!

¡Al son de su silencio van cien hadas

que llevan del brazo a los contendientes!

 

Luchas y reyertas. Óyese rugiente

crujir sobre las mortales encimadas

del castellano brío. Enturbiadas

las aguas bajan desde los puentes.

 

¡Oíd los temblores de la batalla

de los marcados por dos hendiduras!

Naciendo están sus almas. ¡Pobres huestes!

¡Que solo al Dios hablan!

Y el buen Dios calla siempre.

¡Les cuelgan de su puño ataduras…,

y ruegan como infames al celeste!

Un día en el parque

Autora: Sandra Castagnetto

Las puertas se abren. Entramos por la puerta lateral en dirección a los chorros. Llegamos a éstos y nos quitamos las mochilas dejándolas en el suelo, al lado de la entrada en la tienda de suvenires.

Hacía calor y nos sumergimos en los chorros, empapando nuestra ropa de verano que estaba esperando que se sometiera al frío agua de la atracción.

Durante veinte minutos buceamos bajo el agua dando vueltas a las Pérgolas.

Salimos de los chorros. Nos dirigimos a la atracción de las gafas virtuales. Nos pusimos en la fila esperando nuestro turno, nerviosos, excitados por el sonido del carro sobre los raíles.

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El bello arte de la palabra escrita

Autora: Beatriz Guillén

Cuando me siento a escribir, pienso en la mágica sucesión de letras que recorren esta misma frase, como una pianista, que se enfrenta a una obra inacabada, no sé cómo terminará la historia…

Lo mismo ocurre en las personas que se refugian al calor de mi escucha. Sé que por más que intente comprenderlas y hablar con ellas esconden ese temor a no contextualizar con libertad aquello que le provoca miedo, enfado, irá, desahogó, sin embargo procuro estar alerta de mis letras y pronúncialas con cabeza, no sabes si el interlocutor del momento se sentirá aludido o no.

La profundidad de las palabras se asemeja al interiorismo de una casa por dentro, es lo que somos en realidad. Por fuera es la misma fachada, así ocurre con las personas que me rodeo cuanto más las admiro, más me implico en su comodidad y buen estado de ánimo, resulta inexcusable para algunos mi conducta, pero eso lo llamaremos egoísmo, y yo procuro no tenerlo, no soy la perfecta, mujer, ni la perfecta amiga, pero ese adjetivo es la raíz de todos los males.

La hipocresía: Alguien me enseño que ser hipócrita es mirarse a su propio ombligo constantemente, el dolor y desahogo que siente uno al hablar, libera, y por ello la palabra hipócrita la llevamos en cuestiones decisorias en nuestra vida personal, espiritual, fraternal, pero se disipa cuando llega la palabra humildad, destruye las anteriores ya mencionadas.

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Vuelo 147

Autor: Pablo Medina

Vuelo 147. Europa Air Line. New York. Aeropuerto JFK.

Era la hora, con la maleta hecha, y después de esperar y esperar, llegó el momento. La maleta embalada con ayuda de mi asistenta Magdalena. Me llevaba a Barajas mi hermano Juan Manuel.

Ya en el aeropuerto, lo primero, puerta de embarque, sucedió algo, me recordó a esas cosas que se oyen en los medios de comunicación: uno que iba a embarcar y alguien le dijo al oído “no tome usted ese vuelo” y luego no embarcó y ese mismo día ese avión se estrelló. Pero en esta ocasión fue otra cosa lo que pasó, que un hombre de raza negra cayó al suelo justo antes de la puerta de embarque. Acudieron el personal del aeropuerto y unos minutos más tarde llegó el SAMUR.

Ya se puede subir al avión. En la fila embarcamos por orden desde las ventanillas de la pasarela. Veo el nombre escrito en el morro del avión, se llama Bisbal. Tiempo después lo comenté con personas cercanas a mí, respuesta: que horror, qué mal, qué mal. Y lo más increíble después de esto es que todavía estoy aquí para contarlo.

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La casa Mágica

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una vez una casa que se elevaba por el poder  de la magia y  por un truco de magia de un mago invisible: sólo se le veía la capa roja y negra,  la chistera y la varita.

Parecía en el césped que un hada hubiese echado pintura mágica de colores verde y amarillo.

Una cuerda que había dentro de la casa y que desde fuera no se veía servía para escaparse de lo invisible y unos palillos que  se utilizaban de peldaños, le servían al mago de los guantes blancos  que mágicamente aparecía y desaparecía dentro de la casa.

Decían que la casa estaba hecha de cartón y que por arte de magia podría incendiarse,  no quemarse y convertirse en una casa de verdad.

La casa de verdad dicen que un día se elevó flotando en el cielo azul y  unos niños volando en globo decían que habían visto una casa flotando.

Pero antes de que los niños vieran la casa, se divertían en una montaña rusa en un sueño que parecía real.

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Sobre la ventisca

Autor: Pablo Gascón

Sobre la ventisca, los huesos blancos

esparcidos del soldado me llegan;

son los mismos que tiempo atrás cegaron

por sí mismos aquella podredumbre

mundana que no consintió el picoteo

constante de palomas mensajeras.

Llegaron un día solas, y solas

marcharon. En sus picos la continúa

sed de venganza absorbió por completo

el solo atisbo de sus existencias.

 

Karma y queso

Autora: Estela Gómez

-Las personas solo son de color blanco azulado o rojo granate. Las de color blanco se detectan enseguida; las rodea un aura de buena energía que te traspasa y se apodera de ti, te transmiten calma, paz, bondad…, con una sola sonrisa o una mirada que te dediquen puedes darte cuenta de cómo son interiormente.

-Creo que tienes razón. Yo también he sentido eso alguna vez. Sé a lo que te refieres. ¿Y las de color rojo? ¿Son personas malas?

-No necesariamente. La sensación de rojo que se percibe de ellas bien puede ser por sus malos pensamientos o actos, tal como has intuido, pero también es de color rojo la gente que se siente herida, gente que sufre, que padece, que llora, que no puede más; gente con raspones en su alma que no consiguen hacerlos desaparecer. Gente que necesita ayuda.

-Pero entonces…, ¿cómo se distingue a alguien de mal corazón de alguien con el corazón roto?

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La gota de agua, la bombilla y el monitor

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez, una gota de agua, que antes de soñar con apagar incendios en el bosque, soñaba con convertirse en los tres estados: sólido, líquido y gaseoso.

El sólido soñaba con ser un cubito de hielo, llamado Señor Frío, el líquido una gota de agua llamado Señor Gota, y el gaseoso una nube llamado Señor Vapor, soñando con hacer formas en el cielo, pero teniendo siempre precaución, de no crear tormentas eléctricas extremas, y no crear fatales incendios, desastrosos y devastadores en el bosque.

Nunca o casi nunca se mezclaba con el Señor Alcohol, ni con el Señor Contaminación, porque una mezcla de los dos contaminaba de residuos el bosque, y el cristal por el efecto lupa, producía incendios que arrasaban y extinguían el bosque.

La gota de agua tenía como amiga una bombilla de led al lado de un espejo, en un suelo de azulejos azules, y justo al lado del lavabo, por las duchas, y por el grifo de la pila, salía a voluntad de los humanos la gota de agua, que casi siempre no se malgastaba.

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Giorgia on my mind

Autora: Beatriz Guillén

Vivía en un suburbio a las afueras de Georgia, EE.UU, mi nombre es Katherine, mi madre me lo puso por la afamada actriz Katherine Hepburn, que tanto le gustaba a mi madre, el régimen de comidas era tan simple como apetitoso, pollo frito, puré de patatas con mantequilla y Coca-Cola.

Un día en concreto, no sabría decir ahora cual, salí de esa especie de granja que teníamos los negros, en aquellos entonces guetos, me subí a un autobús , me senté disimulando, mayoritariamente era reservado para blancos, ese día no había demasiados dentro de la línea local, así que hice un desdén y me pude sentar a pesar de las miradas inquisitivas de hombres y mujeres, y los comentarios racistas y de asco de las personas del color de la leche. Fue ya a mis casi dieciséis años cuando decidí transformar el mundo, entrando en una Universidad, ya lo habían hecho otros compatriotas y varias mujeres de mi color.

Sentada en la última fila veía como las razas discriminadas por la segregación, no nos tenían ni permitido el contacto visual, a pesar de mis inmejorables notas, bajaban algún punto si el profesor en cuestión tenía rasgos racistas en su personalidad.

Pero conseguí graduarme y conseguí el título de enfermera. Allí en la Universidad conocí un chico blanco sureño, de ojos azules, y pelo rubio pajizo, me comentó que se llamaba Peter, que no todos los blancos eran tan malos, que él y su familia protestante, querían poder reunir a blancos y negros en total armonía para la consecuente y total plenitud de los derechos humanos basados en la no esclavitud, en los años cincuenta.

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Encuentro

Autora: Sandra Castagnetto

Se oyó un golpe de fondo. Cuando quise abrir mis ojos él estaba allí, detrás de la mesa que había delante de la puerta. Su mirada se clavó en mi piel. No pude dejar de temblar cuando me percaté de su presencia.

Apreté mis labios para que no dijeran nada, nada que pudiera romper el silencio cortante del ambiente cargado, cargado de rumores de su voz que empezaba a susurrar como un lamento que oía sin rumbo.

No dijimos nada. Nos encontramos allí. En silencio, sin saber si llorar o reír. Hacía años que no sabía de su existencia. Un día se perdió y su lamento no se volvió a escuchar, sin saber nada, sin contar con nada. Empezó a hablar, yo no quería oír.

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Es formidable imaginar

Autor: Pablo Gascón

Es formidable imaginar rompeolas

-conscientes de su altura-, componer

partituras llenas de melodías escritas

con la pluma de sus etéreos oleajes.

La voz de la lira sollozante

por los desamores de los amantes

que infinitamente en lucha se amaron.

(Nunca sabrá la luna cómo la quiso el sol).

Instrumentos musicales: ronco tamborileo

golpeando implacable el horizonte

oculto tras la noche, bajo estrellas

nacidas para vivir inmortales.

 

Discurso

Autor: Pablo Medina

Date cuenta de que tienes un plato. El plato estaba limpio ¿es esto cierto? O ya contenía alimentos o se los pusiste después en al plato, y antes tuviste que cocinar y más tareas: lavar, trocear, aliñar (en el caso de las ensaladas), freír, condimentar hasta presentar y servir.

Hubo un tiempo en el que comer todos los días era más puro. Recuerdas ahora aquellos días que mientras se preparaba la comida, a veces hasta se picaba de la comida sin estar hecha. Un ejemplo: coger una judía verde sin cocer o un trozo de patata y comérselo antes de cocinarlo. Eso sólo ocurría en aquellos días. Es un momento de la vida que parece de chiste. Vamos a tomárselo con humor, como el de aquel que andaba en la cocina con la fruta, te acercas a verle y te lo encuentras comiéndose un plátano con la cáscara y preguntas:

-¿Te lo comes sin pelar?

-Y qué más me da. Ya sé lo que hay dentro.

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Un cambio de rumbo

Autora: Sandra Castagnetto

Un vacío frío recorrió mi cuerpo cuando todo aquello. El tiempo se detuvo, y sombras invadieron mi entorno. Susurrando para sus adentros diminutas voces que se confundían con conversaciones de uno mismo. Me quedé quieta, sin rumbo. Como perdida en un bosque profundo. Helada en un único sonido de unos latidos rápidos, como queriendo llegar al tic – tac de un reloj interno, sin prisa. Rabia, rabia de no saber seguro el hilo de tu vida. De aquello que construiste a lo largo de media década sin descanso.

Caminando por el lado salvaje de la vida

Autor: Pablo Medina

Son las diez de la mañana. Salgo de casa. Tengo que andar un camino. Como es mi costumbre, caminaré por el lado salvaje. ¿Cuál es la definición de salvaje?

Es como si fueras andando, te chocaras con una piedra y ¡hala fuera del camino! Esto es así desde hace muchísimo tiempo, hay muchos tipos de piedras en el camino.

El lado salvaje te coge, te zarandea, te lleva de un sitio a otro, te trata lo mismo que si fueras un pelele, un “muñeco de trapo”. Y así uno se descentra, pero como si fueras un ave de rapiña, intentas de todas maneras volver a meterte de lleno en la pieza apresada, no perder tu camino. El camino recto es muy aburrido, ahora salirse de él no conviene nada, se puede pasar mal. Es decir, que en el lado salvaje te hacen pagar pero sin compasión. Bueno, pues yo insisto, sigo el camino recto que ya van muchas de eso, de salirse del camino. Aparte, me voy a poner a observar las buenas cosas del camino recto. Las imágenes de toda una vida, como el aire que respiras, hasta amigas que te recuerdan “invierte en ti”. ¡Gracias buena gente encontrada en el camino!

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Querido diario

Autora: Beatriz Guillén

Querido diario, 12 enero 2017.

No puedo contárselo a mis padres, soy homosexual, me gustan los chicos, hoy Francisco me ha mirado y me ha sonreído, lo que ha despejado la duda. Soy muy feliz.

Querido diario, 14 febrero 2017.

Fran y sus amigos han empezado a hablar entre ellos, ¡Jo! Le miro y cada vez me gusta más es guapísimo, esos ojos azules y esa sonrisa, con dieciocho años que tengo y no he tenido novia, la gente habla, puede sospechar de mí.

Querido diario, 3 Marzo 2017.

Hoy Fran se ha acercado a mi pupitre y me ha lanzado un beso: “Guapo”, me ha dicho, la gente se ha reído de mí, lloré, pero entró la profe y se callaron todos. Estoy metido en un grupo de WhatsApp y se ha corrido la voz, “Maricón” me llaman. Papá y mamá siguen sin enterarse.

Querido diario, 25 marzo 2017.

Me prohíben acercarme a Fran, incluso me insultan en el pasillo.

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Lucha de gigantes

Autor: Kepa Vadillo

Cuando era pequeño, no sabía calcular la distancia que te separaba del suelo. A medida que fui creciendo, escondí mis miedos en el cajón y los temores fueron desapareciendo. Poco a poco, conseguí que aquellas sombras desaparecieran para siempre de mi lado y dejaran de molestarme.

En mi primer combate desigual, arranqué de un plumazo los valores sobre el honor de tu diccionario. Al sentirte contrariado, cerraste sempiternamente el lazo de consanguinidad. Ahora, cuando ya no te tengo, me pregunto en la oscuridad… ¿Qué fue de aquello que denominabas “miedo a la mediocridad”?

En mi lucha de gigantes, por intentarte superar, he recordado la fecha de tu cumpleaños, no me acuerdo de nada más.

En la boca del lobo

Autora: Beatriz Guillén

Miradas que se esconden tras máscaras imperceptibles, así es el suburbano de Madrid. Huidizas y pícaras, algunas con ganas de ligar con él o la de enfrente del asiento del vagón. Otras, de desdén ante el paso de una persona que mendiga enfrentándose a la vida y, a viva voz, contando sus miserias. Ojos que ven pasar otros, ojos que no nos detenemos a ver. Miradas pobres y ricas que se bajan en la estación de Ópera o Goya. Duelo al ver una caída mortal en otra estación que no deseamos recordar. Historias cotidianas de gente que teclea con el móvil mientras esperan que otras se puedan levantar para ocupar el sitio, cual juego de la silla. Corremos hasta alcanzar la meta o al menos, cuando hay aglomeraciones, no morir en el intento. Hay de todo y todo puede pasar: robos, sobeteos consentidos… otros no. Gente hablando a gritos, chinas y chinos. Miradas tiernas a bebés, otras no tanto, del señor pedorreta sentado al lado de la niña con falda cinturón y ojos de matices azules. Extranjeros mirando mapas para encontrar la puerta del Sol, ellos rojos y quemados, sin protección solar. Sus ojos negros, verdes o coralinos de anzuelos infectados. No hay aire acondicionado, la gente nerviosa, para el tren… diez minutos. Parón grande en hora punta, tensión, mala hostia que se les pone a algunos y algunas porque hay que desalojar el vagón. Dolores en las piernas de ancianos que no pueden sentarse porque dos novios se dan el lote mientras una señora anciana deja su sitio a una mujer embarazada. Olores. El desodorante les abandona a algunos. Entrada a gritos de chiquillería después del cole, madres cabreadas que no llegan al súper, más calor y olor, túneles interminables, puertas que se cierran: “Atención, estación en curva, tengan cuidado al salir, en no poner el pie entre coche y anden”. Etnias. Músicas estridentes, disparatadas, música dulce que desea que no apague esa voz, y se vaya a otro vagón, aunque no le des propina. Más gente pidiendo por causas para salvar el mundo. Revisores. Cazafantasmas en busca de pobres infelices que no tienen billete. Colores culturales y cosmopolitas. La bella que mira a la nada de la oscuridad, personas comiendo sándwiches en el trayecto porque no llegan a trabajar. Mp3, mp4… Vendedores de chocolatinas. Inválidos. Robos. Monjas. Prostitutas. Chaperos. Drogadictos. Curas. Toda clase de personas. Inquisitivas miradas. Respirar hondo, llegada a la estación,  intercambio de tren, salida, búsqueda de boca de metro, destino final… se acabó el billete. Metro de Madrid… vuela.

Un conflicto bélico

Autor: Antonio del Cerro

De repente apareció el sargento. Los legionarios lo miraron. Tenía órdenes de organizar una defensa. Estaba a punto de mandar cavar trincheras pero se le ocurrió algo mejor:

-Haced una patrulla cerca del campamento.

Cogió su ordenador y se sentó. Los legionarios fueron a hacer la patrulla y cuando volvieron el sargento había consultado con el ordenador sus documentos de inteligencia sobre el enemigo y dijo:

-Van bien armados y están muy entrenados.

-Podíamos coger prisioneros e interrogarlos, dijo la cabo.

Al sargento le pareció una buena idea pero no quería que nadie se alejara del campamento.

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La casa de la cascada

Autor: Pedro Sobrevilla

Erase una vez una casa que parecía que flotaba, parecía que iba a caerse ella sola al vacío, parecía que iba a desaparecer por un agujero negro y tragársela un abismo.

Venía de un agujero de gusano, de una realidad virtual de volumen de tres dimensiones, sólidas, que aparecieron mágicamente convertida en realidad y fusionadas con el verde bosque.

Dentro de su tranquilidad, un hada creó una cascada, que por la noche se oían cantos de sirenas que seducían a las almas pérdidas de piratas y rufianes, y les ahogaban hasta el fondo salvándoles de la desesperación y el abismo.

Los duros cristales y la luz naranja del amanecer era un bunker insonorizado, para que las almas de las personas bondadosas no escuchasen ni se dejasen seducir por el canto de las sirenas.

El granito gris de la casa era algo sobrenatural en su composición, se decía que estaba hecho por fuerzas superiores de la naturaleza y espíritus buenos del bosque.

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Del pasado efímero de adolescencia y juventud

Autor: Pablo Medina

Pablo siempre quiso ser músico. Cuando era niño, el hecho de escuchar música le parecía algo misterioso. Sin tener muy claro la composición musical, se dejaba llevar por el sonido. Tan solo se relajaba cuando su padre, gran amante de la ópera y réquiems, encendía su antigua radio para escuchar el programa Radio Clásica de RNE. Se acurrucaba en el sillón del salón como una lombriz, para escuchar con deleite el programa. Sus padres, siempre asociaron ese comportamiento a una capacidad musical  inusitada que disimulaba en gran medida las grandes carencias que tenía para hacer amigos. Les resultaba fácil mirar para otro lado. El disfraz de virtuoso era mucho más esplendoroso que jugar en la calle con los amigos, al fútbol o al pilla pilla.

Los años más importantes de la infancia los pasó enroscado en un sillón, escuchando música clásica. Aunque la música le servía de apoyo para afrontar sus tareas escolares, cuando salía del colegio, como una presa veloz, se acercaba lo más rápido que podían llevarle sus piernas, para subir las escaleras de dos en dos, merendar y refugiarse en el sillón.

Le inscribieron sus padres al conservatorio de la ciudad, siempre con la sana intención de hacer de aquel hijo, un futuro músico o mejor un director de orquesta. Entre compases, partituras y ensayos pasaron los primeros y más importantes años de su vida. Entre aquella marabunta de partituras se le fue escapando la vida.

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Menudo panadero

Autor: Antonio del Cerro

En un pueblo de la comunidad valenciana llamado L’Olleria, donde sus campos están llenos de naranjos y olivos, vivía Mario, conocido como el Panadero del Amor. Era alto, de tez morena y fuerte. Tenía unos cuarenta y cinco años y estudió hostelería. Su primer trabajo fue de pinche de cocina en un bar. Tenía un coche pequeño con el que no podía hacer viajes largos. Trabajaba en una fábrica de pan desde hacia doce años y solía hablar con el pan. Cada día hablaba con los panes, le preguntaba cosas a las barras de pan, las contaba anécdotas y las ponía nombres. Una mañana fue a conocer a los que se comían el pan y se acercó a una panadería para observar a los clientes. Normalmente sufría ansiedad y malestar en la boca del estómago. Pero aquel día estaba muy nervioso, no conseguía controlarse. Los vecinos observaron su comportamiento extraño, llamaron a los médicos y le ingresaron. Le diagnosticaron una enfermedad mental. Mario era un esquizofrénico.

Le prescribieron una medicación y se produjo un cambio en su forma de pensar. Su obsesión de hablar con el pan venía de hacer el pan con mucho cariño y amor. Pensaba que la gente hablaba de él y a veces era verdad. Se incorporó de nuevo a la fábrica con la idea de que no pasaba nada, pero sus compañeros no querían relacionarse con él. Le dejaron de lado y casi nadie le hablaba. Lo saludaban pero sin cortesía, con miradas penetrantes y a veces con insultos como “El loco del amor” o tarado. Su supervisor le dijo que había quejas de sus compañeros y compañeras y como resultado del estigma dejo su trabajo en la fábrica. El origen de su enfermedad fue cuando de joven escapó de la justicia. Con unos amigos robó en una huerta un montón de verduras. El relacionaba el robo como una especie de rebelión contra el poder. Pasado un tiempo identificó que el poder está muy relacionado con la religión y la iglesia. Dios es el que manda y simbolizaba a Dios con el pan. Creía que si hacia bien el pan, Dios, le perdonaría de haber entrado en la huerta. El miedo a una reacción de la gente, es lo que el psiquiatra le dijo que era la causa por la que fue a la panadería y  por la que le daba aquellos ataques de ansiedad, ya que pensaba que la gente se enfadaría con él por no decirles que el pan estaba vivo.

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La habitación roja

Autor: Pedro Sobrevilla

Cuando era niño, a Antonio le encantaban los colores. Simplificaba sus nombres con letras imaginarias. De entre todos ellos, en especial, le llamaba la atención el color X&, es decir, el color rojo.

Todo su universo era su habitación, y cuando dormía, toda ella, se convertía en color rojo. Cuando captaba la luz que lo despertaba, en sus alucinaciones, soñaba con ser pintor.

Cuando se distraía de sus deberes cotidianos, se le podía ver pintando en cualquier parte, pero donde más le gustaba pintar, era en las paredes de su habitación. A medida que fue creciendo, los dibujos de las paredes se sobreponían uno encima del otro. El espacio se había reducido tanto, que apenas se podía observar el mínimo detalle de cualquiera de los dibujos realizados y tan solo, se podía apreciar el color X&.

En sus momentos de crisis, su conciencia se encargaba de dividir lo real de lo irreal, en bloques de color X&. No le resultó fácil hacer amigos, en verdad no tuvo ninguno, tampoco los necesitaba. Cuando en alguna ocasión compartía un poco de tiempo con alguno de los niños del barrio, ellos, poco a poco, se iban alejando, no alcanzaban a comprender aquellas visiones, aquella música que Antonio oía en su interior, la que escuchaba, pero que en realidad, no sonaba. Se dejaba transportar por el sonido interior de su música y en alguna ocasión, le llevaba a alguna cueva, donde no tenía cabida en su interior.

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El lago eternidad (tragedia de los dos niños en el valle de las flores)

Autor: Pablo Gascón

Después que la luna abrace la noche

Yo iré a besarte detrás de los árboles

Donde los últimos rayos,

tímidamente iluminan

las frondas de claridad,

fundidas en largo abrazo,

dos esbeltas figuritas

sus labios van a besar.

No hay por qué quebrar la rama,

ni recortar de dos troncos

un tronco de una raíz,

mas, ¡ay!, que las demás ramas

acechan al primer tronco

con sus espinas. ¡Huid!

¿Por qué quebrarlos si flores

bendicen a aquellos niños

que se aman con tesón?

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Gotas sobre el charco – Primer Premio

Autores: Taller de Narrativa de Solidarios

El teléfono comenzó a timbrar. Al sonar unas cuatro veces sin descolgarlo, mi padre, sentado en su sillón de cuero marrón, leyendo el periódico, me espetó:

¡María! ¡Seguro que es para ti! ¡Corre y cógelo!

Entre dudas, temblorosa, acerqué el auricular a mi oído y respondí con voz ronca:

Sí… ¿Quién es? ¿Diga?

Desde el otro lado, el interlocutor habló tan solo un par de minutos. Me parecieron interminables, los suficientes como para colgar rápidamente el aparato, coger una rabieta y atravesar el salón, veloz, haciendo volar el periódico de mi padre. Abrí la puerta y di un portazo. Sentí como las astillas se clavaban en mi piel. El estruendo penetrando por el espacio de la vivienda.

Me senté en el suelo, apoyé mi espalda en la pared y me refugié en las sombras de mi habitación.

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Carta de un padre – Tercer Premio

Autora: Mar Rodríguez

Llevabas el pelo teñido con un tinte barato que no sé de dónde lo has sacado, y tu madre te regañaba cada mañana cuando te veía salir de casa, el pelo rojo alborotado y los pantalones vaqueros con rotos por todos los lados. Tú solo sabías devolver sonrisas burlonas a nuestros reproches, y tu madre y yo oscilábamos entre el cabreo y la resignación, dependía del día. Y así se nos iban las semanas, y pasaban los meses, y tú continuabas creciendo, y nosotros envejeciendo sin darnos cuenta. Para mí seguías siendo un niño, más alto que yo, eso sí, un niño rebelde, juncal, ausente en casi todo momento de nuestras vidas, prófugo de tu propia casa.

Los días se desgranaban en un lento goteo que escuchaba caer sobre el suelo de tu habitación que me era ajena, pared con pared con la mía pero a la que no podía acceder. Acumulabas semanas enteras sobre tus hombros y no distinguías una de otra; las hojas del calendario se amontonaban a tus pies y no te tomabas la molestia de recogerlas, caían en un otoño perpetuo en el que te instalaste hacía mucho tiempo, demasiado como para que lo recordaras. No te importaba conocer en qué estación del año vivías, sepultado como estabas dentro de tu cueva oscura e inhabitable que era como una cárcel voluntaria, y tan solo la presencia de la calefacción o del aire acondicionado te permitía discernir si era invierno o verano, si los ríos bajaban ateridos y escasos o el estío los inundaba de vida. No te asomabas apenas a la ventana. Te dolía hacerlo y hacía tiempo que dejaste de infligirte ese castigo.

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La isla grande

Autor: Antonio del Cerro

Íbamos en un barco dirección este y vimos unos pájaros. En el mar ver pájaros significa que hay tierra cerca. El capitán miró la brújula y estaba como loca. La aguja se movía y no indicaba el norte. Pensó que había alguna forma de energía rara que afectaba a la brújula.

Seguimos a los pájaros y llegamos a una isla grande. Aparecieron unas personas que nos traían comida. Llevaban ropa hecha de pieles de animales como los cavernícolas. Hablaban un lenguaje que no entendíamos y nos comunicamos con signos. No iban armados, al igual que nosotros. Se alegraron tanto de vernos que sacaron unos tambores y tocaron una música muy alegre. También había gente bailando.

Nos llevaron a un pueblo que tenía faroles que iluminaban pero no tenían una llama de fuego dentro. El capitán pensó en la brújula y no sabía que energía utilizaban. Estábamos cómodos pero era un sitio extraño. Descansamos y preferimos marcharnos en nuestro barco.

Cuando nos alejábamos, oímos voces que decían Atlántida. Deducimos que la isla donde habíamos estado se llamaba “La Atlántida”.

Las almas gemelas

Autor: Pablo Gascón

Sobre la tierra,

alzadas,

dos figuras se entrecruzan

formando redondeles.

Una es límpida,

serena,

y sus ojos celestes

hieren mortalmente.

Torpe, recelosa,

la otra figura va columpiando

sus contornos rojos,

religiosos, intrigantes.

Ambas ascienden,

alejándose,

 y vuelven a juntarse.

Por azar, de nuevo,

separándose.

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El silbido del monstruo

Autor: Héctor Higuera

Siento el miedo. El deseo de ir al baño y hacerme una raya. Cada minuto. Siento al monstruo silbando en mi oreja. Su fétido aliento. Solo una raya. Me enfrento. Sumido en una pelea a muerte. Desgarrándome. Venzo. Huye, rápido, nervioso, con el rabo entre las piernas.

Siguiente minuto. Ha vuelto.

Se perdieron

Autor: Pablo Gascón

De tus perlas florecientes,

de tus labios encendidos,

se vislumbran transparentes,

tristes y dulces gemidos.

Callados hablan diez filos,

voz de la melancolía.

Redondos bajan dos hilos

por los alcores del día.

Y al llegar el llanto al río

céfiros se desprendieron

de un corazón como el mío.

Después…

después se perdieron.

Un puente dividido

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez un barco, que abría un puente, por dos circunstancias: uno, el viento de la trompa de los elefantes, y dos, el sonido lejano de las trompetas.

Una vez abierto el puente en el mar, les permitía protegerse del rugido de los leones, que es por lo que se dividía el puente.

Un arlequín vestido de blanco y dueño del puente hizo sonar un vinilo en un fonógrafo, despertando a una bailarina, que surgió de un piano, e hizo que reinara la paz entre leones y elefantes, divididos por el puente.

Ofrenda de luz y melodía (ausencia presente)

Autor: Pablo Gascón

Siento tu aliento bordeando mis mejillas,

dulces presiento tus manos

acariciar la penumbra

en la cual vivo envuelto desde hace media vida.

No me importará, amor, pese al lejano

silencio que es inmediato,

encender cual llama presagios a tu nombre,

sagrada voz de los dioses;

tampoco me importará absorber mis mil pecados

en un día, y a tu bondad, con firmeza,

dedicarle una ofrenda

de luz y melodía.

Si es preciso, por ganarme

tus anhelados besos, rezarle a Dios,

orarle al Hijo, rogarle a los dos,

con el espíritu baldío,

que no te alejen de mí

para así alcanzar los cielos

que tú mereces, amor mío.

Ulises y las islas

Autor: Antonio del Cerro

Ulises es un héroe griego. Es marino y guerrero.

En uno de sus viajes naufragó con toda la tripulación. Estuvieron cinco días antes de que los rescataran unos pescadores vikingos. Los vikingos los llevaron a otra isla y les dejaron allí. Decían que o se convertían en sus soldados o que los volvían a dejar de robinsones en otra isla. Ulises dijo que ellos eran libres, y por eso los abandonaron a su suerte en la isla mágica. En aquella isla había un mago licántropo. Aquel hombre lobo mago o animal mágico se los quería comer pero prefirió usar su magia para engañarlos y que viajaran en barco a otra isla regentada por un vampiro llamado Frill. Los hechizaron con un conjuro muy poderoso que les hizo perder la voluntad y viajaron a la isla del vampiro.

Mataron al vampiro y recuperaron la voluntad pero estaban cansados. Como el hombre lobo los había hecho navegar en barco, cogieron el velero y volvieron a Grecia con sus familias después de haber vivido una aventura extraordinaria. Sus familiares los acogieron con los brazos abiertos o mejor les recibieron como héroes.

Las aristas de la forja

Autores: Mª Antonia y Kepa Vadillo

Siempre con la mirada pérdida, como queriendo buscar esa línea divisoria en el horizonte. Mirar por la ventana, sin saber a dónde, tenía sus ventajas.

No era necesario forzar la vista buscando un objeto determinado. No se acordaba del tiempo que llevaba en esa posición, tan solo sé, que al retirarse, tenía marcadas en su piel, las aristas de la forja.

Como siempre, en silencio, se retiró a su camastro. Necesitaba pensar. Pensar en alto para conocer las respuestas.

Se conocía bien. Realmente sabía que su problema nunca habían sido las respuestas. Su desasosiego siempre habían sido las preguntas. ¿Y por qué no encontraba las preguntas? ¿Qué es lo que llevaba tanto tiempo cuestionándose? ¿Qué le hacía tanto daño que le impedía coger el picaporte, girarlo y abrir la puerta?

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Estados de ánimo

Autor: Pedro Sobrevilla

La cigüeña migraba, cuando amanecía en naranja, y tocaba la campana de aquella alta iglesia. Siempre, en su viaje, recordaba que era imposible pintar como Pollock, al ritmo de la música.

Antes del vuelo, al mezclarse con la multitud, se le impregnaban todas las tonalidades de color.

Su dueño, al que dejó atrás, era un robot que se convirtió en humano, y le entró tristeza de ver cómo se diluía en un charco de colores.

La dimensión del agobio

Autor: Pablo Medina

Soñaba, en un estado lisonjero, en dónde yacía con su amante. Estaba muy seguro de ellos dos, seguían durmiendo y pensaba que sería para siempre, tenía su cuerpo encima, desprendía frescor, el esperaba que esa sensación de bienestar no terminara nunca.

Poco a poco la luz empezaba a entrar por la ventana de la habitación. Habían quedado en volver a verse, se intercambiarían números de teléfono. Lo que tenían que conseguir era estar siempre y en todo momento en contacto. En realidad… ¿Sabían dónde se encontraban? ¿Qué era todo aquello que como una nebulosa les rodeaba?

Se levantó semi desnuda y fue al cuarto de aseo. Él seguía dormitando. Ya arreglada se acercó a la cama para despedirse.

-Me voy, ya te veré.

-¿Seguro? ¿Cuándo?

-No te preocupes estaremos en contacto.

Quería que le dejara algo personal simplemente para recordarla, a ella, su olor personal, la noche que habían pasado juntos. Solo eso, juntos.

Él seguía en la cama con ese regusto del calor de las sábanas. No se acordaba que tenía que levantarse para ir a trabajar. Saltó de la cama, pensó que se le hacía tarde. No se encontraba bien, llamaría a la academia para avisar que llegaba tarde.

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El Grial

Autor: Antonio del Cerro

Muchos lo han intentado y ninguno lo ha conseguido. Los caballeros siempre han buscado el Santo Cáliz. En realidad, el Grial no lo encontró un caballero normal. Nuestro personaje es un monje templario llamado Dante. El no quiere la guerra. Se hizo monje para rezar y encontrar a Dios. Pero lo que realmente encontró fue el Cáliz.

En una iglesia europea, en Edimburgo, un monje se topó con una copa del color de la cera. Su nombre es Dante y como ya he escrito es todo un personaje. No es un típico caballero que ha ido a las cruzadas, es un monje o clérigo que fue llamado por el destino para ser un paladín cristiano. Además de caballero, es marinero y monje. El Grial es mágico y proporciona un sentido extrasensorial que detecta a los enemigos a distancia. Además, activa un camuflaje divino si la persona que lo lleva va caminando.

Dante odia la violencia y al transportar encima el Grial debe pasar desapercibido y evitar los conflictos. Antes de devolver a la iglesia la copa trabajó en la reconquista de España como espía consiguiendo mucho mérito dentro de su orden. Decidió devolver el Santo Cáliz donde lo encontró porque quería retirarse y en Edimburgo, el Cáliz, estaría seguro de robos y sacrilegios.

Amores que no pudieron ser

Autora: Annarella Pigna

“Siempre te amaré”, dijo ella. “Te amaré siempre”, dijo él. Y cada uno tomó su camino.

Sus sueños logrados, sus metas alcanzadas transcurrieron en paralelo. Nunca convergieron.

Un día, pasados pocos años, sus vidas se encontraron por mera coincidencia, solo para darse cuenta ambos de que ya no podría ser.

Ese amor intenso que seguía ardiente en sus corazones y que sentían el uno por el otro, no llegaría a ser una realidad vivida juntos. Una vida juntos que no se materializaría nunca.

Sus miradas se cruzaron expectantes y tristes a la vez… Solo sintieron la nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue.

Ella siempre lo amó y el la amó siempre.

El mundo virtual de Pablo

Autor: Pedro Sobrevilla

Pablo estaba en un salón virtual, de personajes de color blanco, y televisores multicolores parpadeantes, y suelo de color negro, y números azules binarios en el suelo.

Entró en internet, y empezaron a salir personajes iguales a él, en forma de siluetas blancas.

Los personajes empezaron a volverse transparentes, teniendo en todo su cuerpo un código binario.

Todo este mundo virtual vendría de un correo, que le hizo salir del ordenador, y Pablo salió del mundo virtual, al mundo real, su habitación.

Sorpresa

Autor: Antonio del Cerro

Mark trabajaba en una nave espacial. Viajaban de Marte a la luna de Lighting. Llevaban una carga importante de ordenadores científicos a una estación espacial que orbitaba en la luna del planeta estrella Lighting. Iban a entregarla dentro de tres días.

De repente la nave sufrió un impacto “¡Nos hemos chocado!, ¡Un asteroide!”. La radio empezó a sonar con un mensaje emitido desde otra nave: “¡Somos piratas del Cosmos!, ¡Rendiros!” Mark tenía un arma de láser para los motines, “La tendré que utilizar”. Por el interfono interno el capitán de corbeta espacial les indicó que se sentarán y se abrocharán los cinturones y se calmarán. La nave salió lanzada al hiperespacio a velocidad translumínica.

No volvieron a saber nada de los piratas del Cosmos, pero la recepción de la carga se adelantó tres días.

Un final trágico

Autor: Antonio del Cerro

Judith es una chica poco común. Francisca también. Las dos trabajan en el muelle de Santa Mónica. La mercancía con la que trabajan es peligrosa y muy valiosa. Son traficantes de armas bacteriológicas. Judith empezó como mafiosa robando camiones. Francisca, o Paca, era terrorista en su país de origen. Les busca la policía por vender su mercancía para ganar mucho dinero. La tela de araña las protege porque ellas no venden el producto en persona. Utilizan intermediarios a sueldo que son los que normalmente arresta la policía. Aun así, un comisario muy inteligente sabe que ellas están detrás.

Un día hubo un fallo con un paquete que se abrió y expulsó producto nocivo. Esto sucedió porque estaba mal embalado. Rápidamente, Judith y Paca metieron la caja en un camión robado que querían usar para otro trabajito. Se subieron al camión en dirección a la comisaría de policía más cercana. Allí dejaron el camión abierto y se dieron a la fuga. Mataron a varios policías. El comisario se juró a si mismo que capturaría a las dos chicas.

Con el tiempo, el comisario olvidó a Judith y a Paca, y ellas pudieron continuar con su trabajo de traficantes de armas bacteriológicas hasta que la competencia las liquido. En este caso, gajes del oficio y juego sucio es el resultado del trabajo con las armas más devastadoras.

Mujer mirando por la ventana

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Autores: Mar Rodríguez y Kepa Vadillo

Había visto muchas veces el cuadro de Dalí, “Mujer mirando por la ventana”. Por una vez quiso experimentar lo que sentía la modelo, ante esa posición, de ver pasar el tiempo, sin preocupación alguna.

Tan solo la brisa del pantano mecía sus cabellos, sin rubor. No buscó nada, tan solo ansiaba conocer la paz, la de ese momento, la que invitaba a la reflexión y al estímulo de la memoria.

Cerró los ojos y se dejó acariciar por los rayos de sol de la primavera anticipada, la que excita las esporas, la que te susurra que hay vida, y que la disfrutes. Abrió de nuevo sus ojos, aquellos que regalan ternura e ingenio, y se emborrachó del perfume del lugar, él mismo, que sin querer, la invitó a navegar.

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Microrrelato surrealista

Autor: Pedro Sobrevilla

Carlos habitaba en un cuadrado surrealista de seis caras que se clonaban en otras seis y sumaban doce. Había una serie de números como doce o dos, que le abrían una puerta a treinta realidades distintas surrealistas, y si salía tres u once se le abría otra puerta a quince realidades diferentes surrealistas. Por un camino infinito a un horizonte final se juntaba un triángulo de un dado de tres por cuatro veces más, igual a doce.

Carlos cayó en un vacio, representado por una melodía musical que no sonaba, pero que era cíclica y no tenía fin.

El escalón era un edificio imposible sin salida. Al mundo real no deseaba volver, vivía en el mundo de los sueños y su imaginación.

En un salto, en donde se metió en un cuadrado en forma de dado, vio su cara deformada por la realidad.

Lo que estaba escrito en su memoria era la realidad, no tenía sentido los sueños donde todo se deformaba.

Resumen clase 23 febrero

Estación de Moncloa. Salgo del tren. Llego tarde. Subo apresuradamente las escaleras. En la calle adelanto a los transeúntes para llegar a mi primera clase del Taller de Narrativa. A paso rápido avanzo por la calle y ya alcanzo a ver un grupo compacto de personas. Un último esfuerzo y estoy. Cinco minutos tarde. El grupo me recibe con alegría, a pesar del retraso. Ellos han estado hablando despreocupados. Apretones de mano, abrazos y besos. Siento que soy uno más. Es el momento de comenzar el Taller de Narrativa.

Esta primera clase sirve de toma de contacto. Jorge, el profesor responsable del Taller de Narrativa, nos pregunta a todos: ¿Por qué estamos aquí? Las contestaciones son variadas, desde una afición tardía por escribir, pasando por aprender una nueva forma de comunicarse y mejorar sus habilidades, terminando por el motivo común a todos: divertirnos.

Empezamos con un juego, el cadáver exquisito, que consiste en que la primera persona debe escribir un personaje, la siguiente escribirá el lugar donde se encuentra sin saber lo que ha escrito el anterior y la tercera persona escribirá cuál es su historia, así sucesivamente, por último, se unirá todo y se leerá. En principio, la historia parece que no tiene sentido, aunque hay curiosas relaciones que nos sorprenden. La siguiente fase es enlazar, y uno a uno, vamos enlazando nuestro escrito con el anterior hasta formar historias divertidas. Trabajamos en equipo.

En el segundo juego escogemos al azar entre unos trozos de papel donde aparecen acciones, por ejemplo: peinarse, ducharse, atarse los cordones…con la acción que te hubiera tocado, cada persona debía describirla para que los demás acierten que había escrito en el papel. Pero tenías libertad de acción. Así que se dieron entre los participantes descripciones muy variadas. Minuciosas, unos. Otros, cercanas, de andar por casa. Y alguno decidió escribir un texto gracioso que pudiera divertir a los demás. Nos reímos.

El Taller de Narrativa se despedía hasta su nueva edición. Nos habíamos conocido, empezábamos a construir sensaciones de grupo, y nos divertimos. La segunda clase solo podía ser mejor. Esperaremos. Ahora, después de salir, nos vamos juntos a tomar algo y hablar del taller o que tal llevamos la semana. Nos vemos pronto.

Mi vida, la tuya…

Autores: Raúl Prats y Beatriz Concepción

La vida pasa, y nosotros con ella. Cada día una aventura, un deseo, una esperanza o quizá una ilusión de que el nuevo amanecer vuelva a sorprendernos con algo tan bello como inesperado. Detalles pequeños que generarán ilusiones grandes y hermosas que se convertirán en ese motor necesario para seguir confiando en que todo lo que pasa a nuestro alrededor tiene su sentido. La vida, mi vida, la tuya, la nuestra, ya no puede ser de otra forma porque los dos somos uno. El cruce de caminos que el destino trazó nos unió en algo tan espiritual como bello. Tan  especial que ahora  quiero seguir andándolo, junto a ti, contigo, por ti. Porque sé que recorrerlo no es fácil, demasiados obstáculos que sortear para seguir avanzando y recorriéndolo. Sinsabores y amarguras que se quedan en pequeños malos recuerdos cuando soy capaz de decirte que te necesito para poder superarlos y, sé, que juntos lo conseguimos.

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La estabilidad de la caída

Autor: Héctor Higuera

El Down Jones se desploma.

Wall Street colapsa.

Edgar Matthaus arroja el New York Times sobre el escritorio y vuelve a trabajar. Al otro lado de la ventana, la multitud invade la calle de Wall Street mientras la policía montada mantiene el orden, precavidos ante la posibilidad de actos violentos perpetrados por la muchedumbre, que está nerviosa, preocupada, inestable; desean vender sus acciones, recuperar sus inversiones, e intentan acceder a la Bolsa de Nueva York mientras, dentro, el mercado, conmocionado, pretende satisfacer todas las órdenes de venta que se gritan en la plaza, casi se aúllan, por unos operadores angustiados ante la enorme pérdida de capital de sus clientes, y de ellos mismos, que ofrecieron seguridad a los clientes con sus compras de acciones. El ruido, las voces entrecruzadas, rechina en los oídos. Afuera, las diferentes clases que estructuran la sociedad neoyorquina se inquietan o se desmoronan, desde el limpiabotas al hombre de negocios, pierden. La Bolsa de Nueva York cae un 11%. Martes Negro. 24 de octubre de 1929. Edgar Matthaus sigue anotando, con su caligrafía elegante y limpia, instrucciones para el departamento de contabilidad.

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Las colecciones

Autor: Kepa Vadillo

Resulta curioso que, a través de las preguntas y respuestas que se realizan en el grupo de Sábado Tarde, a la hora del cafecito, cuando nos encontramos más relajados, cuando apetece compartir charla, risas y acontecimientos varios, se pueden extraer muchos rasgos de nuestra personalidad.

En alguna etapa de nuestra vida, a todos nos ha dado por coleccionar algún trasto, cachivaches, o pequeños objetos que expresan un aspecto de nuestra realidad privada, un modo de autoafirmación.

Supongo que, al principio, se comienza con un objeto que, o bien nos han regalado, nos encontramos, o bien lo compramos, o lo que sea, y sin saber por qué, comenzamos a guardarlos o a coleccionarlos. Al principio, se presenta como un deseo de posesión, como la necesidad de realizar una actividad libre y de sentirnos dichosos. Con el paso del tiempo, y tras acumular varios de esos objetos, se van produciendo las motivaciones, como el afán de liberación, la propia vocación del artista y hasta la certeza de obtener la aceptación de los demás y la nuestra propia.

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No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista

Autor: Pablo Medina

Viaje camino de Almería. Entonces, se enganchaba uno a esas adiciones que ellos relacionaban con el placer total y creían que eso era la felicidad.

Metidos en un compartimiento del tren, una vez subidos y acomodados, empezaron a dejar pasar el tiempo para acometer su “movida”, la “movida” que se estaban organizando.

Pero, además, sin darle importancia lo que dijeran el resto de los viajeros de su compartimento.

-Toma, quema, échale pero buena cantidad, del tipo quitapenas que te gustan a ti.

El señor de enfrente pone cara de molestia. Otra Señora, también compañera en el viaje, se queja.

-¿Oiga qué es eso, marihuana?

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Historia de amor entre dos hermanos

Autor: Raúl Prats

Son dos hermanos que no conocieron a su padre porque falleció siendo ellos niños. Fueron educados bajo el amor de su madre. Ella les llevó a buenos colegios. El mayor sacó los estudios y el menor fracaso. Bajo su frustración, cayó enfermo con una enfermedad mental. El mayor le acogió en su seno y le dio una educación, pero el menor, al no comprenderlo por su enfermedad, no lo quería. El otro perseveró hasta que el menor se dio cuenta que lo hacía por su bien y puso todo el esfuerzo que su hermano había puesto en él, y se dejó querer por su madre, hermano, familia y amigos.

Esto va dirigido a mis amigos del grupo.

Para vosotros, gracias.

Poemas

Autor: Paco Alonso

Siempre, prisas y correr

Siempre con prisas.

Siempre corriendo,

y al final, después de todo,

seguimos como siempre.

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Rotos

Amores rotos.

Amores prohibidos.

Eso es todo.

El principio,

el fin de todas las cosas.

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Llamaradas

A solas con las estrellas,

y el y ella, allí brillando,

mi padre, mi madre, el perro

y yo.

Silbadores del viento

Autor: Pedro Sobrevilla

El oficial americano tocaba la armónica plateada en escala de blues, mientras que el indio navajo tocaba su flauta de madera y silbaba al viento y a la naturaleza para comunicarse con sus antepasados indios.

Les daba buen karma en los duros descansos mientras los japoneses y sus bayonetas acechaban, bajo un sol abrasador de cincuenta grados que se pegaba al uniforme.

El bautismo del indio navajo era untar en su frente, cenizas de humo de tabaco, como fidelidad o como religión porque así los americanos sabían que era indio.

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La princesa Sonrisa

Autora: Estela Gómez

Hace no mucho tiempo existió un mundo ficticio paralelo a la realidad, un mundo fantástico, enorme y complejo en el que tan solo vivía una persona, su creadora, la princesa Sonrisa.

Era una niña alegre y fuerte, todo lo que hacía, decía o pensaba, lo inspiraba su corazón. Se sentía feliz en su mundo, veía la vida a través de unos ojos que, con tan solo un pestañeo, eran capaces de atraer la primavera. Allí la tristeza, el odio y el dolor no existían.

Fueron pasando los años y la soledad empezó a inundar su vida, apagando los colores de su mirada.

-¿Para qué sirve tanta felicidad si no la puedes compartir con nadie?- pensó.

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Cuento de Sábado Tarde

Autor: Kepa Vadillo

Hace trescientos años, en Vascolandia, había un pequeño pueblo que besaba la ría y abrazaba sus montes. Tenía un Rey, cantarín y bonachón, amante de los juegos y de sus gentes.

Al Rey, le encantaba pasear por sus prados verdes, observar a los niños, ver como jugaban a los deportes típicos de la zona como el levantamiento de piedras, el arrastre de bueyes y el fútbol. Ya sé que se sorprenderán cuando lo lean. Ese deporte no lo inventaron los ingleses. En Vascolandia, los niños lo practicaban desde tiempos remotos. Lo inventó un tal Patxi un día de verano, al pegar una patada a una pequeña piedra de unos cien kilos, de forma redondeada que empezó a rodar.

Al ver practicar ese deporte, el Rey, que tenía un nombre pequeño pero singular, que se llamaba Burionagonatotorecagageazcoechea, se le ocurrió que había que adoptar una serie de normas, para conseguir entre todos un reglamento que hiciese más fácil la práctica de ese juego.

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Tu felicidad – capítulo uno

Autora: Annarella Pigna

Tendemos a centrarnos mucho más en las cosas que nos hacen sentir mal que en las cosas que nos hacen sentir bien.

Si le preguntas a una persona que te diga tres cosas positivas que le hayan ocurrido el día anterior, normalmente no sabe qué decir. Si en cambio, le pides que te diga las cosas “malas” (que le hacen sentir mal), generalmente puede darte una larga lista de ellas… ¿por qué no pensamos en las cosas positivas, por qué no centrarnos en lo positivo de la vida y por qué no reír?

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Tu felicidad – capítulo dos

Autora: Annarella Pigna

Si ves las noticias de la televisión, la gran mayoría de ellas son extremadamente negativas: guerras, asesinatos, injusticias, pobreza y un largo etcétera.

Todas estas desgracias ocurren diariamente en el mundo; sí, es innegable, ¿Pero por qué no pensamos en las cosas positivas que ocurren?

Todos los días nacen niños, la gente se enamora, se da mucho dinero para acciones benéficas, se salvan vidas de personas, se plantan árboles, se crean puestos de trabajo… Sí, ¡Esto también ocurre! Y, sin embargo, la mayoría de estos hechos se ignoran como si no ocurrieran en absoluto.

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La bicicleta y la oruga

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez una bicicleta que no tenía dueño, que creía la gente que estaba abandonada, se usaba para transportar la cerveza y el whisky de importación en los salones del oeste, llenos de forajidos jugadores de póker, buhoneros y tahúres.

En los duelos que se producían en los salones a causa de trampas en el juego o altas dosis de alcohol, un forajido perdió un sombrero marrón. Estaba en el suelo poco visible entre sillas de madera humo de tabaco, y bailarinas del can-can de lencería roja.

Escapándose por el desierto lleno de sol abrasador de 50 grados y polvo de dunas, donde sólo se veía un cactus, y rastrojos rodando del viento, se le apareció una puerta blanca con una mano invisible, y en la misma puerta vio ventanas que daban al infinito.

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Cerré los ojos

Autora: Mª Antonia

Cierro los ojos.

Estaba esperando una respuesta a mi despedida pero no decían nada.
El padre había dicho las frases habituales de adiós y de agradecimiento pero los niños apenas me miraron. Cuando ya me volvía, la pequeña Sara vino corriendo y sin decir una palabra me dio un abrazo largo, muy largo. No hacían falta palabras para decirme que me echaría de menos y que empezaba a entender que las despedidas eran parte de la vida. Su madre había muerto apenas seis meses antes y mi estancia con ella había sido el preludio de otro adiós.

El tren ha parado y dejo de pensar en Sara. Me acomodo en el asiento y me pregunto que estará haciendo Brian.

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El amor para mí, si existe

Autora: Beatriz Guillén

El amor, para mí, sí existe, existe cuando escuchamos una buena melodía y en las voces de las personas. El amor existe a través de mis padres… La que está en la tierra y el que está en el cielo. El amor es duro pues si se pierde duele. El amor es parte de nuestra vida. Adoro el tierno verdadero amor que tiene el hombre y la mujer a su propia naturaleza y condición humana. Teatralmente el amor se disfraza tras ese telón que llega al corazón de los espectadores por actores que fingen un amor teatralizado e inconcluso. El amor es un niño que ríe tras sufrir una experiencia tan dolorosa como haber sufrido un cáncer. Amor significa, a la vez, tener dolor cuando una madre da a luz a sus hijos. El amor es tan espectacular que no se puede perder en este tiovivo que es nuestra vida. Amor es llorar por amor. Y amor es viajar y dar algo a los demás aunque sea un trozo de pan. El amor existe en nuestro yo.

Da sin renunciar a tus derechos y ama pues es lo único que te llevarás cuando nadie te recuerde.

Pensamientos nocturnos.

La amistad

Autor: Kepa Vadillo

Roberto Carlos, el cantante brasileño, no el jugador de fútbol (sintiéndolo por los madridistas forofos del equipo Sábados Tarde), compuso en 1982 una canción que se llamaba “Amiga”.

La letra, nos habla de la amistad como de esa complicidad que tienen los espíritus afines, de cómo su relación se basa en el respeto y el auxilio en los peores momentos.

Es una canción en la que dos amigos conversan sobre la relación de amor de uno de ellos. Ella le contesta…

“Amigo, yo te agradezco por sufrir conmigo
Intento verme libre y no consigo
Él era tantas cosas para mí…”

El sábado, tenía un concierto en la Plaza de Pontejos. Al llegar al lugar del acontecimiento, me reencontré con los miembros del coro, y pude observar el escenario donde interpretaríamos nuestro repertorio y el quorum existente.

Ante tanta marea, solicité permiso a mi director y me ausenté para incorporarme de nuevo al grupo de Sábados Tarde.

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El hombre del traje gris

Autor: Pedro Sobrevilla

Érase una vez un hombre que comenzó convirtiéndose todo en gris, hasta su traje, como en una maleta de atrezo, que también era gris, que la consiguió en esos viajes de trenes que van hacia el norte.

Pero que realmente antes de empezar en el Parque del Retiro de Madrid, junto a un lago, comenzó en la calle Arenal hasta Ópera.

Sus versos los hacía en una habitación abandonada de poetas ilustres, allí en la calle Pinar, y sus momentos de inspiración los conseguía en un café de María de Molina con Castellana, donde había música funky y hip-hop, y grafitis urbanos en las paredes.

Antes de tener un traje gris, tenía sueños en blanco y negro que no pasaban a color, pensando en una camarera dominicana llamada Diana.

Sus paseos por el principio de la calle Alcalá, en irlandeses dedicados al escritor James Joyce, sus conversaciones intelectuales y literarias con la alumna de veintiún años, Jennifer, de allá, del Perú.

Antes de ser mimo callejero, tenía relación con músicos de jazz que conocía en el Honky de Covarrubias, y le gustaba la canción de los Rollings Stones “Honky tonk woman”.

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Asesinato en tiempos de paz

Autor: Pablo Medina

El escenario: cualquier localidad de la comunidad de Castilla La Mancha.

Protagonista: el cartero de la localidad.

El tiempo: meses de verano.

Sucedió un día de julio. Todo era tranquilidad en el pueblo, las mujeres estaban a la puerta de casa comentando la jornada que empezaba, es una manera de expresarse. Justo antes de la hora del mediodía. Al asunto, calle abajo se acerca Don Anselmo. Se para un momento, mira a un lado de la plaza, piensa en entrar al bar La Central. Algo le ocurre, no se acuerda de qué tiene que hacer. Si lo piensa un poco se acordará, es una carta que lleva en la mano pero no repara en ello. Le tira más el bar. Según entra, el saludo diario.

-Buenos días, Fermín. Lo de siempre.

-Señorío de los Llanos, buena cosecha.

-Oye, Fermín ¿tú sabes el horario del buzón? Entiéndeme, cuándo recogen porque es que no me aclaro.

-Pero hombre a estas alturas me sales con esas. ¿Cuál es el problema?

-Pues que con este dichoso cartero nunca coincido con él. Y necesito que me diga que pasa con las cartas, estoy siempre a la espera y nada, que no me contestan.

-Te puedo decir, por la mañana, a eso de las dos menos cuarto, siempre aparece su camioneta. Y el resto de horas, por la tarde, antes de que acabe el día, suele pasar otra vez.

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My heart will go on

Autora: Beatriz Guillén

Estaba en la habitación, escuchado la canción de “All I really want” de Alanis Morissette, sabiendo que era sábado y el lunes tenía un importante examen de matemáticas, ¡Odio las matemáticas!, tenía que ver “Música Sí” en la tele porque ella actuaba y sabía que la canción de “Ironic” la iba a interpretar.

Por esa época, tenía quince años, y mi habitación estaba empapelada con fotos de Leonardo Di Caprio, y su mítica película “Titanic”.

Me dije: Al día siguiente me pongo y repaso, hoy es sábado, y ayer el idiota de Jorge casi me da con una tiza en clase, en la cabeza ese tío no sé de qué va, pensaba.

Ya sé de qué iba me lo contó Rosa: Está por ti, y le contesté: No fastidies, pero si siempre me está chinchando, y ella me contestó: precisamente por eso ayer se lo oí decir a José Manuel y a Paco.

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La risa

Autor: Kepa Vadillo

Según determinados especialistas, la risa es una respuesta biológica, que se manifiesta ante determinados estímulos.

Como no podía ser de otra forma, pertenece a cada uno de nosotros y forma parte de nuestro ser. Todavía a mis años, no me imagino como nos transformamos del barro a la carne, pero eso será para otro capítulo.

La risa es un privilegio del ser humano, dicen que ningún animal se ríe, aunque yo he conocido animales de dos patas que tampoco se ríen nunca.

Como el objetivo de este relato, no es escribir sobre los aspectos químicos y biológicos que explican los motivos de esas reacciones, lo voy a trasladar a un campo más abierto, el de las relaciones entre las personas y sobre todo, de los componentes del grupo, Sábado Tarde.

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Desbordamiento

Autor: Héctor Higuera

Frente al borde. Veo, escucho, el rugido de las olas, espirales, densas, voluminosas, que se destrozan contra las rocas, separando la masa compacta de agua, veo su retroceso, absorben, arrastran, descompuesta en espuma, burbujas, diminutas esferas, abandonadas en la roca, la tierra, afilada del acantilado, aristas desordenas enfrentando la destrucción de la materia, su propia desintegración en partículas que caen, caer, al mar, borde, agua, morir por un susurro de viento, vacío, precipitarse al fin, a la oscuridad abisal de peces luminiscentes envueltos en soledad, guiándose por gotas de luz que suben, suben, aclarando el entorno, desplegando la vida que explota en cada partícula, las algas se balancean y los peces se esconden de los depredadores que veloces persiguen la corriente mientras los pulpos camuflados entre los recovecos de las rocas, aferrados, esperan, dormitando, a la presa despistada, desamparada, que contempla a las morenas como serpentean por los alrededores y a las doradas, plateadas, brillantes, paseándose ausentes, indiferentes al buceador con su equipo de respiración autónoma y su máscara, que pretende alcanzarlas, y juegan, se acercan y aceleran, divertidas, al margen de la tintorera, tiburón aerodinámico, que confundiéndose en el horizonte, se aleja lento, pausado, sin hambre, a la explanada azul denso, detectando las ondas de sonido viajando, propagándose, a través del fluido, desde su emisor, una ballena rorcual situada a cientos de kilómetros que se contonea, ingrávida, con su cuerpo alargado y esbelto, colosal, reclamando, excitado, una hembra para reproducirse, expandir la vida, desarrollar, evolucionar, nacer, vivir, escucho como el macho capta las interferencias de los radares de los barcos pesqueros meciéndose entre las olas, con los pescadores en la borda, la piel cortada por la brisa, la mirada atenta a la sujeción de los cabos mientras proceden a levantar la red, y las señales de balizamiento marítimo, las boyas ancladas a las profundidades, enviando información al buque carguero que ignora el pequeño faro solitario iluminando la noche, tenue, imperceptible en la extensión, y veo, veo la luz en electrones, como se desplaza, veloz, sobre el agua, distancias, y emerge del mar vertiéndose por el acantilado, y yo, yo, me descubro, estoy allí, al otro lado.

El oso en busca de su hermano

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una vez, un oso, llamado Gonzalo, cuyo color era beige, que tenía una nariz blanca y punto rojo, y la gente suponía que era del circo, sus ojos marrones hacían a la gente suponer y descifrar su gran bondad, sociabilidad, nobleza e inteligencia emocional.

Era un oso, que en su pasado no era libre en el zoo, atrapado en una caja de madera, y cuando era cachorro, le recordaban, que era esclavo de su público y esclavo de los barrotes de su jaula. No quería ser vendido al zoo ni al circo, ni ser un peluche de centro comercial, atrapado como un muñeco en una caja de cartón.

Uno de sus sueños era convertirse en humano, para no ser llevado y explotado por cazadores furtivos, en un camión con remolque de paredes blancas e interior frío, y vendas hacía lo oscuro de sus ojos que creaban un vacío emocional al oso Gonzalo.

Su hermano de piel color marrón llamado Gabriel, separado por una carretera con muchas curvas, solitaria. A ratos de locura y esperanza, casi no le veía desde cachorro.

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Amanece que no es poco

Autora: Mar Rodríguez

Un día caminó hasta el centro del Universo, a ese punto centrífugo donde pasado y futuro enloquecen de melancolía.

Al llegar chasqueó los dedos implorando que sucediera El Milagro, pero sólo aconteció El Silencio.

Descendió por una escalera de caracol de final incierto. Los peldaños eran todos irregulares, y sus pies, al pisarlos, reproducían todos los sonidos del mundo, como si de un caleidoscópico piano se tratara.

Tras los descansillos de la escalera se adivinaba Todo. Al llegar abajo se encontró un visillo. Lo descorrió con temor y descubrió La Nada, que llevaba tiempo cosida a sus pies como una sombra inefable.

“No sé qué hago aquí”, se dijo y poco después esas mismas palabras sonaron en el centro del Universo, formando parte del Eco.

El despertar de la electrónica

Autor: Pedro Sobrevilla

Adrián era DJ profesional, experto de la electrónica, que pinchaba todas las noches en el polideportivo Martín Carpena de Málaga, en invierno-otoño, y en verano, en la playa durante las fiestas de mojitos.

Su maestro y sabio de la física del sonido era Roberto, que le enseñó a ser un DJ.

Estudiando la carrera de sonido conoció a la doctora Maribel, con la carrera de medicina ya terminada; la había visto en locales ochenteros y algunos de corte rocabilly, y guitarras electro-acústicas donde se escuchaba música de Jaime Urrutia.

Le hizo despertar de su soledad y de sus horas de letargo.

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Un día en Le Mans

Autor: Antonio Fernández

Arranca el día en el circuito francés de Le Mans, las más prestigiosas escuderías se citan para retarse y ver quién se llevará el codiciado premio. Es una cita ineludible. Absorbido por estos pensamientos no me doy cuenta de que comienza la carrera, lo advierto por el rugido furioso de los bólidos, que bajo el sol primaveral son pequeños y veloces alfileres de colores, azules, rojos, y blancos. Es muy típico dejarse embriagar por el olor acre del lubricante de competición, la gasolina y el olor de la goma quemada de los neumáticos.

Así es Le Mans.

Disfruten de la carrera.

Si se pudiera…

Autora: Alicia Llidó

38 años. Ya llevaban 38 años juntos. Demasiado tiempo. Demasiada dependencia.

Me había comprado un vestido amplio, yo, que siempre llevaba ropa ajustada.

Llevaba sandalias en vez de zapato cerrado. La ocasión merecía sentirme libre, incluso, antes de la ceremonia; 38 años esperando éste momento eran suficientes como para regalarme esos cambios.

Era la hora. Me siento frente al Juez, que empieza a preguntar:

– ¿Hace cuánto tiempo que conviven juntos?

– 38 años, Señoría, contestamos al unísono.

– Han firmado Uds. un acuerdo en el que consta que bajo ningún concepto se entrometerán en los asuntos del otro. ¿Ratifican por ambas partes el acuerdo?

– Sí, Señoría, decimos a la vez.

– Perfecto, firmen aquí, por favor. A la salida pueden recoger cada uno una copia.

El Juez indica al Secretario que facilite una copia a la Sra. Pensamiento y otra al Sr. Corazón.

Estrategias para niñas que no comen

Autora: Carolina Ávila

– Una por papá, una por mamá, por la abuelita… y una grande por la niña.

Así era como el hombre convencía a la niña para que se comiera el puré de verdura, cucharada a cucharada, con la paciencia de quién se siente agradecido por cada esfuerzo que hace.

Al menos, así lo hizo hasta que todo cambió.

Aquel día, el hombre permaneció inmóvil mucho tiempo; su mirada traspasando los sucesos de la jornada. Pasadas las primeras horas, tuvo que reaccionar: había que recoger a la niña, darle la merienda e intentar que durmiese una siesta. Pero esa tarde la niña no durmió. No quiso quedarse sola en su habitación. El hombre se acostó a su lado, abrió el último botón de la camisa, se aflojó la corbata y la abrazó, tan inerme y huérfano como su hija.

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La bruja y el gánster

Autor: Pedro Sobrevilla

Había una bruja extremeña de treinta y siete años cuyo nombre era Azucena, amante de los partidos de fútbol y del Atlético de Madrid, que le gustaba viajar con su marido brasileño Ricardito, jugador de fútbol sala, a carnavales y bailar samba y beber caipiriñas.

Por una tradición de su amiga gallega, Estrella, en el camino de Santiago y debido a sus creencias, le gustaba invocar a las meigas haciendo queimadas para que le protegiese en un futuro.

Experimentando un día con cigarrillos combinados, escuchando a Bon Jovi en un bar de la calle Marchena, se olvidó de que amanecía.

Conoció a un gánster de Marruecos en la sala La Luna en la calle Aduriz, que se llamaba David, que le llevó al consumo de tóxicos, y a verse atrapada en una paranoia no real de un juego de rol.

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Visión eterna

Autora: Beatriz Guillén

La playa inmensa se abre ante mis ojos ya ancianos, ese día lo recordare cual hombre descubrió la luna, en mi vida había visto el mar, y fue gracias al IMSERSO cuando vi el mar; me ayudaron las señoritas de la residencia. José es mi nombre, y ver tanta gente ese día me colmó de una sensación asustadiza y perdida, pero a la vez llena de alegría y emoción.

El mar, palabra de tres letras pequeñas, pero tan inmenso que no podía creer que la vida, al final de esta, era capaz de regalarme ese espectáculo, donde niños con sus padres, jugando a la pelota, jóvenes llamativos, con biquinis y bañadores, se refrescaban mientras mis pobres huesos no podían moverse del paseo marítimo; junto unas palmeras me cubrían de sombra del agobiante y pegajoso calor de julio. Saboreaba esa sensación de libertad que, yo en mis tiempos en una familia humilde del barrio de Chamberí, nunca había tenido la oportunidad de contemplar tal espectáculo.

Mi hijo mayor decía que el mar era precioso: “Papá vente con nosotros a la playa”, pero yo no lo deseaba, no deseaba molestar a su mujer y a mis nietos, no deseaba ser un estorbo para nadie, deseaba tal vez estar en Chamberí, ver la tele, leer mi periódico, y no salir mucho de la casa únicamente para ciertos recados ocasionales.

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Vivir al este del Edén

Autor: Kepa Vadillo

En septiembre se celebran las fiestas de Vallecas Villa, en honor a su patrona, Nuestra Señora de la Torre.

Como cada año, me dejo caer suavemente por la explanada dedicada a la feria. No me gusta demasiado el barullo ni la aglomeración de la gente, pero como es tradición, la Comisión de Fiestas nos sorprende con algún acontecimiento musical y es ahí donde mi visita adquiere sentido.

Este año, nos hemos podido deleitar con la música y canciones de uno de esos grupos con solera y muy representativo en la década de los ochenta y noventa, “La Unión”.

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Días de radio

Autor: Pedro Sobrevilla

La cigarrera Isabel se despertaba todas las mañanas en La Gran Vía, cuando paseaba por la calle hacia Plaza España le hizó recordar el Broadway de los años treinta de la gran Depresión, y añoraba las noches de lo prohibido, la ley seca ,cuando ella servía alcohol.

Ella veía, y le gustaba, el ambiente de los trajes caros de los pijos de la movida, que escuchaban a Sabina en antros de luces de neón, la música de jazz de los intelectuales freaks, los vinilos, el champán, el ambiente de bailarinas de cabaret en los teatros.

Ella tenía tablas en el doblaje de seriales antiguos para radio, que se escuchaban en las casas con aparatos sonoros antiguos de madera.

Tenía las supersticiones de grandes divas, rubias como ella, estando en pleno crepúsculo de diosa le tocó actuar en un teatro el día 13, y el número trece, pero todo salió bien y el público aplaudió.

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La vida habla

Autora: Beatriz Guillén

Rompieron el cascarón en primavera, yo volaba mientras la madre estaba calentando las crías, todas ellas arremolinadas en el nido que yo construí, porque el instinto hizo aparearme con esa hembra y de ahí nacieron nuestros polluelos.

Cada día me levanto al alba y me recojo en mi nido por la noche cuando sé que el ruido del mundo aún está sin apagar. Campo a través, vuelo, y me han dado los hombres una denominación de especie, ave, llamada golondrina.

Transportar barro de un sitio a otro como si fuera la obra de un arquitecto no es nada fácil y más cuando estas apresurándote para reconstruirla al año siguiente.

Vivo en el campo. En una huerta cerca de limoneros y naranjos, en una casa antigua casi derruida, hay un esquinazo donde allí me permitió realizar el nido.

La vida de los hombres, aunque no me paro a pensar, mucho en ella, es muy distinta a la nuestra. Ellos labran el campo, usan pesticidas para que no nos acerquemos a las tomateras… pero la vida del pájaro es distinta.

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Jugando en la oscuridad

Autor: Antonio Fernández

El espectáculo de variedades del Victory era el lugar perfecto para cometer un crimen, en su patio de butacas, sumido en tinieblas, durante la representación o tal vez entre los bastidores del escenario, pensaba nuestro hombre, recordando cuando de pequeño jugaba a “Asesinato en las tinieblas”: la víctima, al igual que el juego, era elegida al azar. Era tan simple deslizar suavemente el estilete sobre la yugular y era tan divertido observar el rictus de la cara de la víctima. Sumido en esta ensoñación, se acercó a su víctima, una mujer de unos cincuenta años calcula, era difícil saber su edad ya que estaba demasiado maquillada; como un payaso ruso.

Entonces deslizó la cuchilla suavemente, la mujer abrió excesivamente los ojos, y el grito se congeló en su garganta, solo era capaz de emitir sonidos guturales mientras nuestro hombre desaparecía sigilosamente entre la oscuridad del patio de butacas.

Sí, decididamente, fue un buen espectáculo, pensó, mientras se alejaba por las brumosas calles de París.

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Relato inspirado en el libro de relatos de Margaret Atwood: Asesinato en la oscuridad. El nombre del teatro “Espectáculo de variedades del Victory” remite al relato de Margaret Atwood publicado en el libro mencionado y el juego que practicaba en su infancia el protagonista es una idea original de Margaret Atwood en el relato de mismo título que el libro “Asesinato en la oscuridad”. Por otra parte, el relato tiene referencias directas a la revista “Ellery Queen’s Mystery”, exactamente, el ejemplar publicado en agosto de 1963.

Al otro lado

Autora: Annarella Pigna

Amiga mía, ya sé que estás en Málaga con Susana. ¡Qué ricura! ¡Qué regalo de la vida!

Me imagino la gozadera de las dos, el retroceso en el tiempo que surge instintivamente y las risas de otras épocas que te invaden. Los comentarios insólitos salen sin control y es que las amigas vuelven a compartir.

A estar juntas de nuevo.

De repente se oye “Te acuerdas cuando” y automáticamente te transportas al lugar de ese recuerdo y con “tal” persona. Es revivir los momentos alegres o tristes que compartieron juntas. Absolutamente invaluable.

Dile a Susana que me traiga un poquito de lo reído y gozado, que tanta falta nos hace por estos lados.

¡Disfruten!

Carta para pedir empleo a Dios

Autor: Pablo Medina

A su Excelentísima Divinidad Dios Único y Señor del Universo.

Mi nombre, Pablo Pedro, es conocido por Usted, como sus Santos, y sirve como tarjeta de presentación. Tienen en sus ofertas, varias, de las que me quedo con la que creo se ajusta más a mi experiencia laboral. Se ofrece a espíritu mundano, incluso un poco abúlico en su vivir cotidiano, puesto en el cielo en nube con asiento perpetuo para trabajar como observador de vidas terrenales y para llevar la cuenta de los malos actos humanos. Siempre por supuesto bajo la estricta vigilancia de arcángeles en puesto fijo y de grado superior.

Creo que cumplo el perfil solicitado. Seguramente encajaría en su plantilla sin ningún problema.

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El reflejo del sol en el agua

Autora: Mª Antonia

El reflejo del sol en el agua me deslumbra. Parece el mar pero… ¿Dónde estoy?
Ya recuerdo. Estoy en la exposición viendo el cuadro de María: una línea de pájaros posados en el alambre y detrás de ellos un cielo azul casi gris. Son estorninos.
Es la exposición de los refugiados, la exposición sobre aquellos que lo han perdido todo.
Deambulo por la sala principal en la que está representado todo lo que han abandonado: sus casas, sus fotos, sus seres queridos, sus muertos…

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La primera vez

Autora: Beatriz Guillén

Aquella mañana mamá y papá vieron como tenía mucha fiebre, eran las cuatro y media de la mañana y no podían llevarme al médico de la seguridad social, pues necesitaban el transporte público.
Mi madre me ponía gasas frías en la frente mientras mi padre, buscaba desesperado un médico o farmacia de guardia, en la zona no había ninguna. Porque vivía en un lugar frío y de paredes de cartón, ese húmedo lugar, me había enfermado.
Me dolía el pecho y sonaba con ruido, mi papá esperó hasta las 6 de la mañana para llevarme al hospital.
Cogió el dinero que le habían dado por su trabajo como chatarrero, y volviéndose a mi madre, le dijo: vámonos ya.

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Como la cigarra

Autor: Kepa Vadillo

Me han emplazado para que participe en este blog de relatos. En la animada conversación del sábado por la tarde, uno de los temas principales fue el del amor. Nuestra amiga Mar, no entendía como alguien se podía enamorar de Trump.

Prometimos no escribir sobre Trump y como soy respetuoso hacia mis compis, decidí empezar a participar con un relato breve, pero enriquecedor.

La canción “Como la cigarra” fue interpretada como nadie por Mercedes Sosa, una cantante argentina de la zona de Tucuman. Nos dejó hace unos siete años.

La autora de esta canción fue compuesta por la poetisa, también argentina Mª Elena Walsh.

Es una oda al canto. No hay nada más placentero que ponerse a cantar. La autora escenifica en la letra de la canción un mensaje. Aunque la vida te vaya mal, aunque todo lo veas de color oscuro, más bien tirando a negro, hay que seguir cantando.

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Etapas

Autora: Annarella Pigna

Estoy en la edad en que la vida ya no es un proyecto. He vivido más de lo que me hacia falta; lo expreso sin nostalgia alguna por lo que fue o pudo haber sido.

Los años han pasado y las huellas dejadas en mi cuerpo y mi alma son tangibles y reales. Hoy tengo que hacer un esfuerzo mayor para lucir mejor y, aún así, siempre con la misma alegría y positividad.

La esclavitud de pintarme el pelo y cuidar mi cara, me recuerdan que mis lágrimas y mis risas no han sido en vano; que cada cana y cada arruga tienen su historia. He vivido mucho, he reído mucho y he llorado mucho y todo ha dejado sus huellas.

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Momby

Autor: Antonio Fernández

La tía Violetta vive en uno de los barrios más tranquilos de París, y no porque su casa se encuentre cerca del cementerio más grande y viejo de la ciudad.

Su vieja casa victoriana parece sacada de una de aquellas películas antiguas de época…en fin…de ella y su casa os hablare otro día; hoy os hablaré de Momby, la criada.

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Nota de cata

Autora: Carolina Ávila

Era una noche cualquiera, cuando, siguiendo un impulso, Marie decidió que había llegado el momento de abrir aquella botella que llevaba unos meses abandonada en un rincón del salón.

También había sido un impulso lo que llevó Marie a decirle a Marcos, unos cuantos meses antes, igualmente en una noche de un día laborable cualquiera, que cogiera un taxi y fuera a su casa. Marie lo recordaba mientras abría la botella con un viejo sacacorchos de dos tiempos, estilo sommiller. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el “ploff” que generó el corcho al soltarse, justo como no debe abrirse una botella… justo como más placer produce. “Quizás es un vino demasiado bueno para terminar dentro de tres días en un guiso improvisado”, pensó. Sonrió al echar tres cubos de hielo falso de colores que recuerdan los años 80 para intentar bajar unos grados la temperatura del mosto. En bragas y camiseta, Marie trasladó la copa al sofá y la dejó enfriar un poco, mientras recordaba aquella primera noche en la que Marcos entraba silenciosamente en la casa y la besaba profundamente, convirtiendo su historia – fuese cual fuese el desenlace – en algo mágico e inolvidable para Marie.

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Mancha sobre agua

Autor: Héctor Higuera

Melissa frente al agua piensa que su madre tenía razón cuando dijo “¿Dónde vas tú con eso? Allá déjalo.”, pero no volvería atrás. Enseñaría su precioso vestido de comunión. Cruzaría las aguas que ella nunca supo que eran fecales, porque aquí las cosas no tienes nombres como fecales, solo es agua con mierda. Conseguiría que el vestido no se ensuciase. Con delicadeza, dio su primer paso sobre el agua, no salpicó, adelantó su pie izquierdo, no salpicó, no era difícil. Soñó que era una bailarina con su vestido blanco que bailaba sobre la tarima de un teatro gigantesco, que, girando sobre si misma, levantaba la pierna vertical, bajaba, abría los brazos ofreciendo al público su salto, pero Melissa debía ser precavida y no saltar, no manchar su vestido, debía dejar de bailar. Palpaba con sus pies descalzos la basura clavada sobre el lodo, las botellas que le hicieran resbalar para caer, ella, su vestido, en el agua. Los cerdos se acercaban. Negros, rebozados de barro y restos de porquerías, con su panza  rozando el agua, olisqueaban entorno a Melissa. La empaparían si no se alejaban. Tenía miedo, había escuchado como un cerdo monstruoso había devorado a un bebe, se lo dijo Ángelo. Arrojó una botella lejos que asustó a los cerdos que huyeron sin salpicar. Envolviendo la masa de agua había una muralla multicolor de basura, todo el espectro de colores, plásticos reciclables que Melissa recogía cada mañana, antes del amanecer, cuando los camiones del ayuntamiento vertían sobre el basurero su alimento; y ellos, los camiones, eran el siguiente riesgo que tenía que afrontar porque un camión se dirigía a verter la basura y, en ocasiones, se acumulaba tanta que perdía su consistencia y se derrumbaba en una avalancha que arrastraba el resto de basura hacia los bordes del agua, la anchura de la charca se reducía y el nivel del agua aumentaba, en fin, el vestido se mancharía. Atenta, veía a los hombres acercase, agruparse alrededor del camión, y a las ratas esperar, mientras arrojaba la basura, para volver a arrancar dejando a los hombres luchando contra los hombres, las ratas contra las ratas y los hombres contra las ratas. Pero Melissa estaba limpia. Se subió la falda, agarró con fuerza, y corrió sus últimos metros. Estaba en la otra orilla. Sintió la arena húmeda.
Feliz, no vio como Angelo recogía agua con las manos, se acercaba sigiloso y vertía el agua con los restos de excrementos, sangre, papel, mierda , sobre su vestido.

Mi dolor

Autor: Jesús Durán

La enfermedad es dolor, y dolor es todo aquello que nos lleva al sufrimiento. El odio también es una forma de padecer.

En el universo interior del ser humano hay tantos matices como personas en el mundo, cada uno, en mayor o menor medida, ha experimentado, en algún momento, el dolor.

La salud y la enfermedad la concibo como maldad-subdesarrollo-incoherencia y sufrimiento; la salud como bondad-desarrollo-coherencia y felicidad. De los dos caminos: el dolor o la felicidad, elegir uno de ellos puede marcar una vida.

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Expediente Pelo Pocho

Autor: Pablo Medina

A quién pueda interesar

Detective en activo: Severo Izquierdo

A día de hoy casi terminada la estación veraniega y después de 7 meses de intenso trabajo, este es el resumen de lo que he averiguado.

Llevo ya meses siguiendo al individuo que apodo Pelo Pocho. Este tipo empezó a parecer sospechoso porque agentes no comprometidos con investigaciones de asuntos internos y agentes de otros departamentos lo solían ver antes en extrañas circunstancias y siempre en el mismo papel. Se podría decir de señuelo.

Este sujeto presenta el aspecto de un personaje de novela negra y de delincuente de guante blanco, tiene ese aire cetrino, la espalda cargada de un lado y el otro como si se le salieran los huesos de los hombros. Nariz aguileña, tipo judío errante, pelo ralo negro, pegado a la cara.

Desde que llevo siguiéndole, me conduce al lugar de los hechos, donde siempre hay un “fiambre”.

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Comunicado: A quién pueda interesar

Autor: Pablo Medina

A quién corresponda tomar una iniciativa

Este escrito no debe tomarse como queja. Menos todavía de rabieta de niño pequeño.

Los cuadros que aquí se muestran son un fiel reflejo de un tiempo que viví, en el que yo era una persona con un don de inocencia, del que nunca fui consciente. No hasta que se diagnosticó mi enfermedad. Que, principalmente, el brote en lo que me afectó fue empezar a recordar todo lo que me había pasado en estos años. Entonces, y a base de barbaridades y conductas caóticas, empecé a pelear mentalmente se podría decir contra todo y contra todos y hasta conmigo, y no se sabe como empezó a ocurrir a mi alrededor y empecé a darle mucha importancia exagerada a todo. Ésto fue a partir de un desengaño sentimental, que en realidad era un fracaso amoroso anterior encubierto por este último. Como si mi vida no hubiera sido sino fracaso tras fracaso sentimental. Desde entonces, como la importancia y el egocentrismo se instaló en mi forma de ver todo lo que me rodeaba; el grito brutal en la calle allá donde fuera, me empujó al desequilibrio. Desde tiempo ya inalcanzable para recordar, me instalé en la pregunta de no violencia, de porqué me había pasado todo esto. En especial la violencia contra mi, cuantas veces me pegaron desde pequeño, cuantísimas maldades de violencia contra mi persona tuve que aguantar y el acoso por todas partes, entiéndase desde las imágenes de la televisión, mezcladas con la familia de la que procedo, además del mundo extraño en el que vivo según mi limitada forma de entender y esta forma confusa y enrevesada de entenderlo todo.

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La nueva situación

Autora: Mª Antonia

“Lo más cercano es la mesa camilla ante la que paso la mayor parte del día. Si levanto los ojos veo el gran ventanal de cristal que da al jardín y que llena de luz la estancia. En su alfeizar un montón de plantas crecen como si estuvieran en un invernadero.

En los cristales de esa misma ventana, en los días de lluvia, se produce un sonido extraño y diferente a cualquier otro. Nunca en mi vida he oído llover con ese son: no son las gotas de agua dando contra el cristal, es un gorjeo continuo y metálico que se me ha hecho tan familiar que ya forma parte de los sonidos de mi vida. Sé que ese murmullo no lo oiré ya nunca en ningún otro lugar del mundo.

Ya no saldré de aquí.

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Diluviaba

Autora: Mª Antonia

La primera vez que le vi diluviaba. Era otoño, eso lo recuerdo bien.
Escuche el sonido de la azada y baje a ver quién estaba trabajando en el jardín. Le vi de espaldas agachándose y levantándose con un anorak obscuro y una capucha. No sabía quién era e hice ademan de acercarme para comprobarlo pero desvíe un segundo la vista y, al volver a mirar, ya no estaba.

La segunda vez que escuche la azada también llovía, baje deprisa y le grite:
– ¡oiga, oiga!
Pero cuando estaba pronunciando el tercer “oiga” me di cuenta de que había desaparecido.

Me entró miedo, desasosiego y también una sensación de incredulidad. No podía ser. ¿Qué había ocurrido?  ¡Había desaparecido ante mis narices! Recorrí el jardín pero no estaba, no estaba.

Entonces me asaltó la imagen de un recuerdo antiguo: mi padre arreglando esa misma valla hacia 25 años en un día de lluvia. Él estaba solo y mis hermanos y yo jugábamos con los amigos en la plaza pero yo, de vez en cuando, bajaba a ver si necesitaba ayuda.

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No abren

Autor: Héctor Higuera

– Tiene unas instalaciones magníficas, todo tan ordenado y arreglado…
– Hay exceso de residentes – Asunción recoge la tarta de las manos de su hermana. – No confío que puedan servirles con human…
– No te preocupes, Asunción.
– Hola, Vicente – dice Asunción, le abraza – El otro día estuve con Noelia. Tenéis una nieta preciosa.
– Es muy coqueta, mi princesa – dice mientras besa a Celia – Ahora le ha dado por las muñecas esas estrafalarias, modas, espérate que no cambie, y que no vista así de mayor.
– Tu eras igual, y ya después, no te olvides de aquella camisa multicolor…
– No me lo recuerdes, Celia, horrendos ahora, pero en esa época…Papá creo que pensó que su hijo era maricón. – sonrisa entrecortada.
– Otros tiempos –dice Asunción, agarrando con fuerza la tarta, caminando.

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La primera visita

Autora: Carolina Ávila

En el sofá descansaba encogida una manta. Una luz tenue iluminaba tan solamente sofá y de la correspondiente mesita al centro. En ella lucían bien colocados lado a lado dos platos, un bol con ensalada y también un tercer plato –más grande que los anteriores– con embutido y quesos de los buenos. Una botella de garnacha con DO. Somontano. Todo sin tocar.
Al otro lado de la habitación, y bajo la escasa iluminación, se adivinaba una mesa de comedor que servía de soporte a un montón de cosas: carpetas de documentos, “Los santos inocentes” de Delibes y un ejemplar traducido de “De Profundis, Valsa Lenta” de José Cardoso Pires. Y también un disco duro externo de la marca Toshiba y una pila de cartas del banco Santander sin abrir.
No había plantas ni alfombras pero si un candelabro con velas moradas y olor a lavanda encima de una estantería con unos pocos cds y un pequeño jardín de edén en un puff al lado del sofá.

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Disonancia

Autor: Héctor Higuera

La luz blanca acariciaba la copa de los robles, atravesaba las ramas, se posaba sobre las hojas y resbalaba por el tronco hasta caer sobre la pradera e impulsada por la hierba recorría su extensión para ascender por los escalones, atravesando la puerta, iluminando el umbral, explosión de luminosidad, que contrastaba con el marrón desgastado del marco, se internaba en la estancia y alumbraba el perfil derecho de un hombre de pelo lacio y gafas circulares; desdeñándole, prosigue su camino hasta desaparecer en la oscuridad de la dacha.

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Elección

Autor: Héctor Higuera

Intentas descansar tras una noche de noticias negras, mortales, atentado en Niza. Las sábanas pegadas a la piel, calor, sudor, imposible encontrar el sueño; y empiezas a pensar: teorizas. Hipótesis: el amor y el odio son lo mismo. Los movimientos totalitarios que aparecen antes de la Segunda Guerra Mundial se servían del odio hacia un colectivo. El odio dominaba sus acciones; pero encontramos una paradoja: sentían amor hacia ideas, símbolos o personas. El régimen nazi exterminaba judíos, discapacitados y marginados, y a la vez, amaba a su Fuhrer. El filosofo Ludwig Wittgenstein escribía “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Sentimos, y después, definimos y categorizamos. La emoción es abstracta.

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